La Polémica Digital

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El silencio nos hace cómplices

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Fue mi culpa. Ese año nadie revisaba Facebook en aquel departamento. O casi nadie. Yo venía de Tarará, la capital de Internet libre, el paraíso de las redes sociales, y fui yo quien vio el post en Facebook. Fui yo quien comentó que un estudiante había escrito que “explotó la reunión de la UJC” y luego se fue “al parque de H y 21 a tomar ron”. Fue un comentario casual. Pero fue justo el comentario casual que se utilizó para separar a un estudiante que había ganado legítimamente su plaza durante un año de la Universidad de La Habana. Y me conformé, por cobarde, porque podría haber sido peor (esa era la excusa, que siempre la medida parecía poca cosa porque podía ser peor), porque podría haber sido expulsado para siempre de la Universidad de La Habana.

Dos años antes había pasado por algo similar con dos amigos. Parecía un juego. En 2009 éramos demasiado ingenuos o demasiado irresponsables como para creer que la Universidad de La Habana y la CUJAE podían separar a dos profesores durante un año de sus puestos por escribir un artículo en su blog. Por eso el día del juicio (que no es otra cosa que un juicio, no reunión, no encuentro, sino juicio político) del amigo de la CUJAE no estuve. Mi amigo pasó por el escrutinio del cínico tribunal de justicia laboral casi solo porque el resto teníamos que trabajar, estábamos muy ocupados, porque creímos que nada iba a pasar, que solo era un susto, que por escribir no se botaba a nadie del trabajo en Cuba. Tenía amnesia. Idiotez. Una idiotez que duró varios años.

Duró hasta el próximo juicio y el próximo amigo o estudiante al que expulsaron y empecé a cuestionármelo todo. Empecé a preguntarme hasta cuándo, hasta dónde. Empecé a preguntarme si quería ser parte de eso, si mi silencio iba a salvar a la Revolución o qué clase de Revolución expulsaba a estudiantes y separaba a profesores, si “el enemigo” era realmente aquel que publicaba sensacionalistas notas de prensa o si había más de un enemigo o si el primer enemigo era aquel que con infinita arrogancia y poco respeto por la vida del resto daba lugar a las sensacionalistas notas de prensa del segundo enemigo que se regocijaba con la idiotez del primero.

De alguna manera me convencí (o me intenté convencer, para salvarme) de que había algo detrás. Siempre hay algo detrás: la CIA, la embajada estadounidense, los intereses ocultos, la OTAN, el grupo opositor X, el disidente Y, todos los anteriores juntos o cuando ya no están todos los anteriores juntos la ingenuidad política. Lo peor es que nadie tenía que demostrar nada. Con sembrar la sospecha bastaba. Sospechar del otro, a eso nos han enseñado. A batallar las causas propias y no las ajenas, porque una nunca sabe qué puede haber detrás de las causas ajenas. Por eso hice silencio público cuando suspendieron al estudiante de Periodismo (no una, sino dos veces), cuando suspendieron al profesor de la CUJAE y al de la Universidad de La Habana, cuando expulsaron al estudiante de Camagüey, cuando detuvieron al periodista que no conocía. Cuando.

Hasta que me tocó a mí y fueron otros los que hicieron silencio.

Recuerdo cada una de las veces que me tocó porque es imposible olvidar. Una trata de seguir, de no pensar en eso, de creer que son errores del momento, pero es difícil enfrentar a un grupo de estudiantes y decirles durante ocho años que hagan periodismo, pero que primero sean buenas personas después de salir de una reunión de análisis de un artículo publicado en Internet o, a veces, hasta de un tweet. Es difícil sentarse tres veces en la misma oficina por criticar públicamente el Encuentro de Blogueros de la Revolución que se celebró en Matanzas en 2012, por decir que las preguntas a Camila Vallejo en la Universidad de La Habana estuvieron ‘arregladas’, o por cualquier post malinterpretado por el funcionario de turno. Pocos entienden lo humillante que puede ser para cualquier ser humano. Pocos entienden por qué un jueves lloraba incontrolablemente en medio del Diablo Tun Tun sin haber tomado una cerveza. Porque tenía miedo. Tenía miedo de la reunión del lunes, de lo que me dirían, de cuál sería el post de turno a analizar, de si me botarían de la Universidad de La Habana, de lo que le diría a mi madre si me botaban de la Universidad de La Habana, de cómo le explicaría a mi abuelo, de lo que pensarían mis amigos, mis vecinos. Tenía mucho miedo. Un miedo que no se pasaba llorando.

Un miedo que no se pasa.

Un día entendí que el miedo no nos hace débiles. El miedo es el resultado de la capacidad para sentir. El miedo, cuando no paraliza, nos hace fuertes. Pero si una va a sentir miedo, que sea por las razones correctas. Que no sea por reuniones infinitas. Que sea, por ejemplo, por hacer periodismo. Que sea por no hacer silencio.

Written by Elaine Díaz

abril 13, 2017 at 12:05 pm

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El chofer precavido

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A las nueve y veinte de la noche, en la calle San Lázaro, justo en la parada del transporte público más cercana al hospital Ameijeiras, las tres lámparas del alumbrado público están apagadas. Es 15 de marzo de 2017.

Minutos antes, el chofer precavido me recoge a regañadientes en el semáforo de Prado y Neptuno. No protesta por el reciente cambio en las tarifas de los taxis, sino porque la luz roja pronto será verde y si la luz pasara efectivamente a verde, y otro carro viniera, podría chocar. No para en la esquina de Prado y Neptuno, ni recoge a los cuatro pasajeros que completarían su viaje, porque es ilegal detenerse en ese sitio. Me explica que me debo situar dos cuadras más abajo, “donde está establecido oficialmente”. El chofer precavido, luego de recoger a dos pasajeros, se irrita: una señora le ha sacado la mano desde el medio de la calle. Le dice que se “eche para acá”, que si él para en medio de la calle, y viene otro auto, habrá un accidente.

El semáforo de Neptuno y Galiano está en rojo. El taxista que va delante se salta la señal y el chofer precavido vuelve a irritarse. Me cuenta que un día otro taxi hizo lo mismo y una guagua lo arrastró varios metros. “Todos murieron. No de un palo. Pero poco a poco, en el hospital”, dice. Le respondo que hay mucha gente imprudente manejando hoy en día. No recuerdo el rostro del chofer precavido. Nunca nos miramos. Nunca despega los ojos de la calle. Yo tampoco.

A las nueve y veinte de la noche del día 15 de marzo de 2017 solo hay tres lámparas apagadas en la calle San Lázaro. El alumbrado público en Línea es más irregular. En cada par hay casi siempre una apagada, primero la izquierda, luego la derecha, formando un zigzag. Si tienes suerte puedes encontrar un poste con sus dos lámparas encendidas. Una pista, Línea y Paseo.

En la calle 31 funciona diferente: un poste completamente apagado y uno completamente encendido. La parte apagada de San Lázaro, Línea y 31 tienen en común que resulta difícil distinguir lo que pasa en el suelo. El bache se confunde con el aceite o el agua que destilan los carros, o el aceite y el agua que destilan los carros se confunde con un pedazo de ropa tirado en el suelo y la ropa se confunde con un bulto y el bulto con una persona.

Cuando el chofer precavido llega a San Lázaro, justo en la parada del transporte público más cercana al hospital Amejeiras, alguien desde la acera grita “para” y nadie sabe con quién es el grito. El chofer precavido pisa el freno y una mujer pregunta dentro del taxi “qué fue eso”. Ni el chofer precavido ni yo respondemos. Porque ambos sabemos qué fue eso aunque ninguno de los dos hayamos visto.

El chofer precavido ha atropellado a un hombre que ha sido atropellado por otro carro. El primero le ha dado con tanta fuerza que el cristal del parabrisas del auto está abollado en la izquierda y lo ha dejado tirado en el suelo. Quienes esperan en la parada dividen sus opiniones entre los tres o los dos golpes. Es posible que el ómnibus P6 haya golpeado al hombre que después fue golpeado por otro auto que lo dejó tirado en el suelo justo antes de que pasara el chofer precavido y le asestara el último golpe.

Unos quieren esperar una ambulancia y no mover el cuerpo porque ya suponen lo peor. Pero alguien descubre que el cuerpo o bien porque está vivo o bien por los estertores de muerto se está moviendo. Todos tienen la suficiente experiencia esperando ambulancias como para saber que casi nunca llega a tiempo. Montan al hombre atropellado en el carro del chofer precavido y lo llevan al hospital.

Solo cinco personas en el mundo saben que esa noche el chofer precavido es efectivamente precavido. Cuatro se acaban de largar en diferentes taxis. Yo espero a la policía. Le digo que venía en el último carro, que no sé si le pasó por encima o lo golpeó, que ahí tiene mi número y mi dirección por si hace falta testificar, que no lo vimos en el suelo. El oficial me agradece y me dice que todo está muy oscuro en esa zona.

Aquellos que miren hacia arriba notarán la sinfonía discordante de luces que conforma el alumbrado público de La Habana. El 9 de julio de 2016, Marino Murillo, vicepresidente del Consejo de Ministros, anunció que una de las medidas para disminuir el impacto de la crisis energética en el sector residencial sería el “ajuste” del alumbrado público en un 50 por ciento. Nadie sabe cuántas lámparas encendidas y cuántas lámparas apagadas significa eso. Nadie sabe, tampoco, qué tan ajustadas están las zonas ajustadas. Nadie sabe por qué en San Lázaro se ajustaron precisamente las tres lámparas ubicadas en el sitio de más tránsito de personas o por qué las lámparas de Línea hacen el zigzag de la oscuridad o la razón detrás del apagón impar en la calle 31. Pero se sabe que la ciudad se planificó encendida por alguna razón. Si la ciudad debiera estar parcialmente encendida, funcionando al cincuenta por ciento, si se pudiera aumentar la distancia entre una lámpara y la otra, si se pudiera elegir encender la derecha o la izquierda, la ciudad habría sido diseñada de otra manera.

El hombre atropellado probablemente hubiera recibido el primer golpe de cualquier forma porque no se debió a la oscuridad. O el primero y el segundo si asumimos como válida la teoría que involucra al P6. Pero no el tercero. Si el hombre atropellado muere, el chofer precavido irá al mismo juicio que el hombre que lo dejó tirado en el suelo. Si el hombre atropellado efectivamente se movía después del último golpe, significa que estaba vivo o que tenía más chances de sobrevivir en ese momento. Significa que un agujero negro, decretado gubernamentalmente, le ha restado posibilidades de sobrevivir o ha acabado con su vida. Significa, básicamente, que no importaba quién vivía y quién moría cuando se jugaba el ajedrez energético en julio de 2016.

El día del juicio al chofer precavido, si hay juicio, habrá un gran ausente: el responsable de que el chofer precavido no haya podido ver.

Written by Elaine Díaz

abril 10, 2017 at 7:25 pm

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El único libro

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En el otoño de 2003, si es que se le puede llamar otoño a ese periodo que va entre octubre y diciembre en Cuba, mi padre y yo cursábamos el décimo grado. Al mismo tiempo. No en el mismo sitio. Yo me largaba los lunes a la Lenin. Él se largaba todas las tardes a la Facultad Obrero Campesina (FOC) que sesionaba en la secundaria Reemberto Abad, de Peñas Altas.

A mí me gustaba estudiar. A mi padre, no mucho. Yo había ido a la Lenin para poder llegar hasta la universidad. Mi padre había matriculado la FOC porque en su trabajo exigían doce grado incluso para limpiar pisos. La medida era reciente y hasta los obreros que hacían “tratamiento térmico” debían mostrar el título o probar que estaban estudiando. Mi padre trabajaba en una fábrica. Nunca entendí bien qué se fabricaba allí además de los camellos que inundaron La Habana en los noventa. De ocho a cinco se paraba frente a unas calderas enormes donde se cocía algún metal.

Cuando yo regresaba de la beca los viernes, a veces los sábados, hacíamos juntos las tareas de matemáticas, las composiciones de español, las fórmulas de química y nos quejábamos de la física. A veces las ecuaciones no le daban y los símbolos químicos eran incorrectos. Se levantaba de la mesa con ese mal genio que heredé y decía que ya estaba muy viejo para eso, que llevaba veinte años trabajando en el mismo sitio y que nunca había cometido un error. ¿Qué iba a cambiar con un título? Yo me encogía de hombros y respondía mi tarea y la suya.

En el otoño de 2003 llegó un señor de España a la biblioteca pública de Guanabo. Dijo que tenía seis cajas de libros para donar. Que era lo menos que podía hacer por Cuba. Yo, que devoré el Conde de Montecristo y los pocos Salgari que quedaban en esa biblioteca en séptimo grado; yo, que usaba el número 130 en mi carnet de usuaria, fui una de las primeras en enterarme. Eran veinte Julio Verne. Eran dos Orwells. Eran muchos Vargas Llosa, un Bolaños, varios Salgaris y un García Márquez. No era Cien años de soledad. No era El amor en los tiempos del cólera. Tampoco El coronel no tiene quien le escriba. Era Doce cuentos peregrinos.

Decía el libro, en el prólogo, que García Márquez lo había escrito durante 18 años. Ese lunes, antes de irme a la Lenin, creí que lo había guardado en la maleta. Olvidé que se había quedado debajo de mi almohada en casa de mi padre. Cuando llegué el viernes, no hubo tareas de física, química o matemáticas. Mi padre, acabado de llegar del sitio donde se había inventado el mismísimo camello, tenía el libro en las manos. “Lo acabo de terminar”, dijo. “Es el único libro que me he leído en mi vida”.

Mi padre tenía, en ese momento, 41 años.

A la semana siguiente me las arreglé para buscarle otro libro. El estipendio que podía darme mi abuela ascendía a 10 pesos. Encontré unas cartas de Lezama Lima en cinco y me sobraba dinero. Escribí con una caligrafía apurada en la primera página y se lo di el viernes. No leyó una página.

Quince días después, me dijo: “He vuelto a leer, por segunda vez, los cuentos peregrinos”.

Written by Elaine Díaz

agosto 5, 2016 at 6:21 pm

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La Habana, 27 de julio

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Un día de noviembre de 2014, te conté que la Estación Central era mi lugar preferido de New York. Te dije que en alguna mala película de Hollywood, había una muchacha, guía turística por cuenta propia, que hacía a los visitantes acostarse en el suelo (gente corriendo para alcanzar su tren mediante) y los instaba a mirar hacia las constelaciones que se dibujaban en el techo. La Estación Central era mi lugar favorito porque no era nunca el mismo lugar. La Estación Central era el río de Heráclito. Yo, teniendo la Estación Central, tenía mucho más que la Estación Central.

Otro día, en Providence, te dije que debías superar los problemas crónicos de autoestima, que la vida no iba de eso, ni de andarse quejando, ni de preguntarse por qué me pasó a mí y no al otro. Iba de asumirla como viniera (si te conformabas) o de torcerle el pescuezo como a las gallinas (si no venía a tu gusto). Insinué, claro, que tú eras de las que le torcía el pescuezo, no porque estuviera siendo generosa (que lo he sido) sino porque había visto como, en los últimos años, buscando un lugar para ti misma, habías terminado por darle sitio a mucha gente. Gente que me importaba mucho y gente a la que ni siquiera conocía entonces. Gente que lo único que tenía en común era el talento y las ganas.

Luego vino la distancia obvia entre Boston y Miami. Las llamadas se contrajeron tanto que dejamos de hablar. Alguna vez contesté sin ni siquiera parar la serie que corría en Netflix. Otras, pasé de largo por el chat de Facebook, sin tiempo para preguntar ese “cómo estás” que no se responde con un “bien, gracias”.

Hoy leí un texto sobre Mario Guerra. Y  ayer, algo sobre un país congelado en el tiempo en el mismísimo New York Times. Nosotras lo pronunciaríamos, para burlarnos, como Niú, Yol, Taims. Y acentuaríamos bien la ‘l’ de ‘Yol’ para que luciera latino, latino. Antier, hojeé (y ya sé que no se puede hojear en la web) una historia de gente que vive encima de la loma, y de gente que vive debajo de la loma, gente que se revira los ojos porque existe una bronca histórica por el agua. En los últimos meses leí, también, de los carretilleros, del Fanguito, de Tony Menéndez, de Osmani García, y de Farah.

Hace poco, con una dosis de vino tinto que acelera la honestidad (y la risa), le preguntaba a alguien cuál era el secreto. Cómo se había logrado que tanta gente de una misma generación saliera a escribir periodismo con esas ganas. Él respondió con una sarta de oraciones subordinadas sobre la última vez que fue feliz en aquella casa alquilada de La Habana, aquella casa que no tenía habitantes fijos, donde se recibían llamadas a las cuatro de la mañana porque “el país estaba en apuros”. Si quitábamos los verbos y los sustantivos; si quitábamos todo aquel seseo insoportable de sus oraciones compuestas, yo creo que lo que él quería decir, lo que de verdad me estaba contando, era que el secreto habías sido tú.

Written by Elaine Díaz

julio 27, 2016 at 2:28 pm

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Habana – Guanabo

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Hay dos maneras de salir de casa: con audífonos o sin audífonos. Cuando uno anda por el mundo, audífonos mediante, es porque poco o nada quiere escuchar que no sea ese terrible playlist en el que no falta, para variar, Melendi con su acaramelado Jardín de Blancanieves (Tu jardín con enanitos) o el más movidito Estopa, con su “estoy como un vino tinto” (ellos explican dos versos después qué significa). Hay una tercera manera de salir de casa: con los audífonos al oído, y el botón de pause en tu teléfono. La señal es simple: quieres escuchar al mundo, pero no quieres que el mundo te note a ti. Y así llega uno el sábado en la mañana a la parada de los taxis hacia Guanabo. El día antes, el Consejo de la Administración Provincial (CAP) de La Habana había decretado el fin del jolgorio con los precios de los taxis colectivos. “Congeladlos”, dijeron, “y si alguien osara descongelarlos, retiradle la licencia”. Añadieron un número para actos espontáneos de denuncia y se fueron a dormir, no sin antes dejar un grupo de inspectores debidamente movilizado.

Dicen los del CAP que no habían motivos para subir los precios. Dicen los del CAP, que no mienten, pero tampoco cuentan toda la verdad, que los precios del petróleo y la gasolina seguían igualitos, dicen que los impuestos estaban en los mismos porcientos. Olvidan los del CAP, oportunamente, que los taxis de La Habana se mueven gracias a los precios del combustible en el mercado negro, y que si los precios habían subido, porque habían recortado las asignaciones en las empresas, porque había falta de portadores energéticos en el país, porque Venezuela no estaba mandando la misma cantidad a Cuba,  -cosas todas de las que nos enteramos por Murillo- entonces el negocio no daba. Podría darse el caso de que el sector privado en Cuba, tan socialista, asumiera las pérdidas. O podría darse el caso de que el sector privado en Cuba, como cualquier sector privado en otro lugar del planeta, hiciera lo que mejor sabe hacer: pasar las pérdidas al prójimo.

Este sábado, mientras más de treinta personas esperaban por los taxis de precios congelados, un pisicorre-amarillo-pollito (cambiémosle el color para no usurpar el trabajo de los inspectores) parqueó en la ruta de Guanabo. Dijo que dos cuc. El buquenque, tan obediente, le pidió que parqueara en otro sitio, que esa música desafinada no era buena para el negocio. El buquenque obediente gritó que había un carro a dos cuc, pero que no había que cogerlo, porque el precio oficial era un cuc El buquenque obediente no había terminado de largar su discurso cuando el pisicorre-amarillo-pollito estaba repleto de pasajeros. 

Dos cuc a Guanabo. Punto.

El chofer del pisicorre-amarillo-pollito tiene déficit de cuello, unas gafas Rayban, las manos toscas y una camiseta verde. El chofer dice un “atiendan para acá todos” y los pasajeros casi se ponen en firme en los asientos. Lo que sigue, es sublime, por ridículo. Lo que sigue es la subversión del poder, la complicidad entre pasajeros y chofer para desafiar a la institución que pretende proteger al pasajero. Lo que sigue es el chofer diciendo que “aquí todo el mundo está grandecito y que el carro es a dos cuc pero tienen que decir uno si nos para un inspector, porque lo que deberíamos hacer todos los choferes es parar los carros de toda La Habana a ver qué van a hacer ellos”. Uno adivina que ellos son el CAP, o alguien encima del CAP. Pero no se sabe con certeza.

Los pasajeros -a quienes había protegido la ley el día anterior- replican que tiene razón, que el que tenga los dos cuc que pague el carro, que lo que debería hacer el Estado es poner más guaguas y más transporte público en vez de andar congelando los precios de los almendrones. Entre los pasajeros hay dos que se quedan en Marazul. Uno dirá, a mitad del camino, que aquí solo viven bien tres grupos de personas: los locos, los borrachos y los dirigentes. El otro dirá que ha viajado, que tuvo la oportunidad de estar en Miami, y cuando le pregunten que qué hace en Cuba, responderá que le gusta su país, aunque los almendrones cobren dos cuc hasta Guanabo. El chofer le preguntará si es comunista y, sin esperar respuesta, le dirá que si es comunista debe pagar 5 CUC en vez de dos.

A las alturas de Alamar otro pisicorre-verde-fosforescente se cruzará con el nuestro y en tono de sorna gritará: “Guanabo a dos”. El chofer con déficit de cuello responderá de vuelta: “¿Tú estás doco? Guanabo a un cuc”. Las carcajadas inundarán el carro. Faltará la mía, si río, será fácil adivinar que la música está en pause. Los choferes de los pisicorre se gritarán uno al otro: “Viva Fidel, pinga” y “Qué viva la Revolución”. Los asientos traseros serán un hervidero de carcajadas. El primer pasajero que se baje en Marazul, el mismo de la teoría de las tres clases de personas que viven bien en Cuba, pagará sus dos cuc en billetes de a uno, y le dirá al chofer que “gracias, compadre”, que vire por la tarde a recoger, “a dos cuc” y que de no ser por él, habría tenido que terminar poniendo su sombrilla de playa en el Malecón. Uno a uno cada pasajero abonará el precio pactado sin chistar. Yo soy la última. Saco una moneda y un billete. El chofer girará en La Conchita. Dos segundos después, lo sentiré gritar: “Habana, a dos cuc”. 

Written by Elaine Díaz

julio 17, 2016 at 6:46 pm

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Una bufanda

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Reinaldo me fue a buscar al lobby de un hotel de nombre impronunciable en Estocolmo y no me encontró. Reinaldo llegó puntual, a las nueve, y yo no estaba allí. Él no tenía por qué saber que no me acababa de adaptar al horario y que durante el día había tenido que hacer malabares para permanecer despierta. A los cubanos, cuando se nos paga el viaje, nos entra el síndrome de la responsabilidad histórica, y permanecemos atentos a las conferencias aunque querramos escaparnos al baño limpísimo donde se celebran y tirarnos a dormir en el piso una hora. Está demostrado que nadie nos echa de menos.

El resultado de tanta vigilia fue desastroso. Cuando llegué al hotel a las 8 y media, después de haber quedado con Reinaldo en bajar al lobby a las nueve, me acosté en la cama y no resucité hasta las once. A las once de la noche en Estocolmo es de día, no ese día con sol de Cuba, sino un día que da lo mismo la hora que sea… se siente básicamente igual para el que viene de fuera. Abrí Internet y busqué la hora en Estocolmo. Los que me conocen, saben que cuando estoy en un hotel puedo ser capaz de hacer las búsquedas más disparatadas en Google. Cómo abrir una ducha en Washington. Cómo encender un aire acondicionado en Rio… Y cómo se me pudo pasar la hora de la cita con Reinaldo. Leer el resto de esta entrada »

Written by Elaine Díaz

junio 26, 2014 at 12:02 am

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Nada

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En Campo Florido hay una tienda recaudadora de divisas; que cambia artículos de mal gusto por papelitos de colores; hay una escalera infinita que va desde el parque hasta algunas casas; hay una farmacia, un modestísimo punto de ETECSA, un liceo que sirve de sede al reggaetón, un policlínico, algunas paradas de guaguas y mucho aburrimiento. En el Sevillano hay varios parques gastados por el tiempo y la desidia que funcionan como baños públicos. Hay una bodega, varios paladares, el bar restaurante Melesio del grupo Buena Fe; otra farmacia, un gimnasio por cuenta propia, un agromercado y mucho ruido. A algunas cuadras de distancia, en el Mónaco, hay un cine que se nos muere ante los ojos cómplices del gobierno local y los funcionarios de cultura.

Cuando era niña, mi madre me traía a la Habana Vieja; porque Guanabo y Campo Florido tenían anemia de cultura. El transporte público de los años ´90 era pésimo y la solución era tomar el tren de Hersey. A veces, cruzábamos la bahía en la lanchita y nos íbamos a Regla a comprar sellos. Mi madre era maestra. Y los sellos eran muy baratos. Pero un día se llevaron la lanchita de Regla; y mi madre sintió miedo de volver a llevarnos a La Habana, que en aquellos tiempos era un sitio lejísimo y “de lo más bonito”. Así que no volví a verla hasta la Universidad. Junto con los primeros pasos en el periodismo, llegó la euforia por los cines, los teatros, el festival de ballet, los grandes conciertos. Yo quería coleccionar momentos; porque en los ´90, uno nunca sabía cuándo regresaría a la ciudad. Leer el resto de esta entrada »

Written by Elaine Díaz

noviembre 2, 2013 at 9:06 pm

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