La Polémica Digital

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El silencio nos hace cómplices

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Fue mi culpa. Ese año nadie revisaba Facebook en aquel departamento. O casi nadie. Yo venía de Tarará, la capital de Internet libre, el paraíso de las redes sociales, y fui yo quien vio el post en Facebook. Fui yo quien comentó que un estudiante había escrito que “explotó la reunión de la UJC” y luego se fue “al parque de H y 21 a tomar ron”. Fue un comentario casual. Pero fue justo el comentario casual que se utilizó para separar a un estudiante que había ganado legítimamente su plaza durante un año de la Universidad de La Habana. Y me conformé, por cobarde, porque podría haber sido peor (esa era la excusa, que siempre la medida parecía poca cosa porque podía ser peor), porque podría haber sido expulsado para siempre de la Universidad de La Habana.

Dos años antes había pasado por algo similar con dos amigos. Parecía un juego. En 2009 éramos demasiado ingenuos o demasiado irresponsables como para creer que la Universidad de La Habana y la CUJAE podían separar a dos profesores durante un año de sus puestos por escribir un artículo en su blog. Por eso el día del juicio (que no es otra cosa que un juicio, no reunión, no encuentro, sino juicio político) del amigo de la CUJAE no estuve. Mi amigo pasó por el escrutinio del cínico tribunal de justicia laboral casi solo porque el resto teníamos que trabajar, estábamos muy ocupados, porque creímos que nada iba a pasar, que solo era un susto, que por escribir no se botaba a nadie del trabajo en Cuba. Tenía amnesia. Idiotez. Una idiotez que duró varios años.

Duró hasta el próximo juicio y el próximo amigo o estudiante al que expulsaron y empecé a cuestionármelo todo. Empecé a preguntarme hasta cuándo, hasta dónde. Empecé a preguntarme si quería ser parte de eso, si mi silencio iba a salvar a la Revolución o qué clase de Revolución expulsaba a estudiantes y separaba a profesores, si “el enemigo” era realmente aquel que publicaba sensacionalistas notas de prensa o si había más de un enemigo o si el primer enemigo era aquel que con infinita arrogancia y poco respeto por la vida del resto daba lugar a las sensacionalistas notas de prensa del segundo enemigo que se regocijaba con la idiotez del primero.

De alguna manera me convencí (o me intenté convencer, para salvarme) de que había algo detrás. Siempre hay algo detrás: la CIA, la embajada estadounidense, los intereses ocultos, la OTAN, el grupo opositor X, el disidente Y, todos los anteriores juntos o cuando ya no están todos los anteriores juntos la ingenuidad política. Lo peor es que nadie tenía que demostrar nada. Con sembrar la sospecha bastaba. Sospechar del otro, a eso nos han enseñado. A batallar las causas propias y no las ajenas, porque una nunca sabe qué puede haber detrás de las causas ajenas. Por eso hice silencio público cuando suspendieron al estudiante de Periodismo (no una, sino dos veces), cuando suspendieron al profesor de la CUJAE y al de la Universidad de La Habana, cuando expulsaron al estudiante de Camagüey, cuando detuvieron al periodista que no conocía. Cuando.

Hasta que me tocó a mí y fueron otros los que hicieron silencio.

Recuerdo cada una de las veces que me tocó porque es imposible olvidar. Una trata de seguir, de no pensar en eso, de creer que son errores del momento, pero es difícil enfrentar a un grupo de estudiantes y decirles durante ocho años que hagan periodismo, pero que primero sean buenas personas después de salir de una reunión de análisis de un artículo publicado en Internet o, a veces, hasta de un tweet. Es difícil sentarse tres veces en la misma oficina por criticar públicamente el Encuentro de Blogueros de la Revolución que se celebró en Matanzas en 2012, por decir que las preguntas a Camila Vallejo en la Universidad de La Habana estuvieron ‘arregladas’, o por cualquier post malinterpretado por el funcionario de turno. Pocos entienden lo humillante que puede ser para cualquier ser humano. Pocos entienden por qué un jueves lloraba incontrolablemente en medio del Diablo Tun Tun sin haber tomado una cerveza. Porque tenía miedo. Tenía miedo de la reunión del lunes, de lo que me dirían, de cuál sería el post de turno a analizar, de si me botarían de la Universidad de La Habana, de lo que le diría a mi madre si me botaban de la Universidad de La Habana, de cómo le explicaría a mi abuelo, de lo que pensarían mis amigos, mis vecinos. Tenía mucho miedo. Un miedo que no se pasaba llorando.

Un miedo que no se pasa.

Un día entendí que el miedo no nos hace débiles. El miedo es el resultado de la capacidad para sentir. El miedo, cuando no paraliza, nos hace fuertes. Pero si una va a sentir miedo, que sea por las razones correctas. Que no sea por reuniones infinitas. Que sea, por ejemplo, por hacer periodismo. Que sea por no hacer silencio.

Written by Elaine Díaz

abril 13, 2017 at 12:05 pm

Publicado en Crónicas