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Carta a Oscar López: la razón y la sinrazón…

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Querida Karina. Hace pocas semanas te escribí para felicitarte con motivo del día más grandioso y memorable de tu vida: a tus 22 años, te graduabas de la Universidad de Chicago.

Querido Oscar: Ayer fue el primer sábado que desperté pensando en tus cartas. Los sábados leo a Bolaño, la tesis de maestría deja poco tiempo para lo demás durante la semana. En la mañana, antes de salir de la cama, busco 2666 y ojeo algunas páginas. No muchas, para que no se termine pronto. Apenas las justas para no olvidar que mi generación aún ama el papel. Este sábado Bolaño pasó al horario del mediodía. Me levanté corriendo y El Nuevo Día aún no había actualizado. Esperé hasta las 2:44 de la tarde y allí apareció “La razón detrás de toda lucha”.

Te dije entonces que la vida está llena de retos y, en algunos momentos, de decepciones. Que nunca permitas que nada ni nadie te desaliente, porque tienes la fortaleza para enfrentar y superar cualquier obstáculo.

Leo con profundo regocijo que Karina se gradúa de la Universidad. Precisamente en la Universidad aprendí yo a dialogar con los párrafos de otras personas tal como hago hoy con los tuyos. No fue en el aula, obvio; pero fue gracias al aula. Estaba en cuarto año y conocí una revista digital de ciencia ficción, un fanzine. Le propuse a Juventud Rebelde escribir un reportaje sobre el tema; sobre todo porque en aquella época había menos de un 14 por ciento de penetración de Internet en Cuba, cifra que también incluye acceso a Intranet y correo electrónico; y la revista circulaba de memoria flash en memoria flash.

Gonzalo era el director de Estronia, uno de los fanzines que te comentaba. Después de publicado el artículo, Gonzalo comenzó a escribirme. Yo no sabía nada de ciencia ficción. Quizás había visto las tres partes de El señor de los anillos y había leído Harry Potter como cualquier adolescente en aquellas tardes larguísimas de la Lenin. Pero era analfabeta. Y Gonzalo quería contarme de su mundo, y de por qué usaba otros nombres y cómo habían logrado que la biblioteca provincial de La Habana les cediera un espacio cada mes para aquellos que adoraban este género.

Gonzalo me contaba de su vida, y de lo feliz que lo hacía ser padre. Y yo le respondía. Para no olvidar ningún detalle de mis correos, Gonzalo insertaba sus frases en azul dentro de mis frases negras y cuando yo contestaba debía borrar las frases que no iba a responder e insertar mis frases en rojo entre sus frases azules y negras. Al principio fue espontáneo. Luego se convirtió en una suerte de código, un mar de complicidad electrónica.

Cuando entraste a la universidad, seguramente te tocó vivir en un ambiente muy diferente del que me tocó a mí. Me alegro de eso: la razón por la que las personas luchan, en lo colectivo y en lo personal, es que las cosas cambien para que sus hijos y nietos vivan un mejor futuro.

Yo tenía tres años cuando me acerqué a la escuela, pues caminaba detrás de mis hermanos mayores, que protestaban porque los seguía. Tanto los molesté, que mi hermana decidió enseñarme a leer y escribir. Como era zurdo, ella me ataba la mano izquierda y me obligaba a usar la derecha. A los cinco años, cuando empecé el primer grado en la escuela del barrio Aibonito-Guerrero, del pueblo de San Sebastián, estaba muy adelantado gracias a esas lecciones. Me aburría en la clase y me dedicaba a hacer travesuras, invitaba a los otros niños para que nos escapáramos al río, y allí nos poníamos a tumbar naranjas.

Yo fui a la escuela a los cinco años. Mi mamá era maestra y mi tía bibliotecaria. De noche, en el kilómetro tres y medio de Campo Florido no había mucho que hacer, salvo cazar cocuyos y mirar las estrellas, literalmente. Cuando no llovía, no había cocuyos. No sé si sabes, Oscar, que en el campo, después de que escampa un aguacero de esos que viene con ganas, salen un montón de cocuyos. Y allá íbamos mis primas y mis tías a buscarlos. Los guardábamos en un pomo de cristal para que alumbraran. Los cocuyos no son todos iguales. Había algunos muy muy grandes que alumbraban más. Si tenía la suerte de encontrar alguno así era la mar de feliz, porque mi pomo alumbraría más. Nunca vi los cocuyos a la mañana siguiente de la cacería. Mi madre me decía que después de que me quedaba dormida, estos abrían la tapa del pomo y se iban a dormir también. A mí la explicación me parecía justa. Cuando crecí supe que ella los soltaba; “porque a nadie le gusta vivir preso, y el cocuyo dentro del pomo, tata, está preso”.

Cuando terminé el sexto grado, aunque travieso, gané el primer premio de honor de mi clase. De allí me fui a la escuela intermedia de Hoya Mala, pero al poco tiempo de empezar las clases me enfermé. Me llevaron al médico en Aguadilla, quien me diagnosticó que había cogido un parásito en el río. Era la “justa” recompensa por mis travesuras. Me dieron desparasitantes, pero no mejoré. Cuando entré al noveno grado estaba tan raquítico que mi madre, desesperada, decidió mandarme con mis tíos a Chicago. Fui aceptado en una escuela secundaria, y al llegar tuve que pasar por un examen físico: mi estatura era de 53 pulgadas y mi peso de 58 libras. Todos los demás alumnos de esa escuela, la Tuley High School, parecían gigantes comparados conmigo. Mi vocabulario en inglés era de menos de 100 palabras. Cada vez que abría la boca, los demás muchachos se reían, y entonces me convertí en una persona introvertida. En Tuley, para la década del 50, sólo había un puñado de estudiantes puertorriqueños. Había que bregar con el discrimen, y eso te lo puedo asegurar ahora, que miro hacia atrás y veo las injusticias que se cometían. No éramos muchachos acomodados que íbamos a estudiar a los mejores colegios. Éramos los emigrantes, teníamos fama de problemáticos y, a veces, nos daban castigos que no nos merecíamos. A mí, por ejemplo, me acusaron de copiarme en un examen de álgebra. Me gustaba tanto el álgebra y estaba tan seguro de que lo dominaba, que le contesté de mala forma a la maestra y ésta me expulsó del salón y me envió a la oficina del director. Allí le dije al míster que no me había copiado y que, para demostrarlo, podía darme otro examen en ese mismo instante, frente a él, con preguntas del último capítulo del libro, que aún no habíamos dado en clase. Él me había matriculado cuando llegué a Tuley y conocía mis buenas notas, así que sonrió y me dijo que no me preocupara.

Cuando terminé el sexto grado gané un premio que daban acá y se llamaba el Beso de la Patria. Me fui a la secundaria con la ingenuidad de quien ha tenido una primaria donde apenas notabas alguna diferencia. Pero el Guanabo de 1997 estaba ya abarrotado de extranjeros y de padres que alquilaban sus casas. El dólar no era ilegal. Las diplotiendas, una suerte de tiendas solo para extranjeros y diplomáticos, se habían abierto hacía algunos años. Algunas niñas tenían zapatos chulísimos, nosotras les llamábamos ‘popis’. Pero mi mamá no tenía dinero para comprármelos.

Un día les dieron unos créditos a los maestros para que fueran a comprar a una tienda especial. Mi mamá me trajo un par de botines casi hasta la rodilla porque “eran los únicos zapaticos que habían”. Al otro día llegué a séptimo grado con aquellos zapatos y era la sensación del grupo. Al parecer, aquellas botas ridículas habían salido “en los canales” y resultó que eran el último grito de la moda. A mí me dieron una picazón y un calor enorme.

Dentro de aquel mundo duro para un muchacho puertorriqueño que apenas podía expresarse, conocí a un puñado de personas maravillosas.

Por ejemplo, tuve una maestra inolvidable en el Colegio Wright, un junior college al que asistí cuando terminé la secundaria. Éramos pobres y te confieso que me avergonzaba de mi ropa, tan ajada y fea y de mis tenis viejos, los únicos zapatos que tenía. Pero a esa maestra, que daba clases de dicción, no le importaba mi apariencia. Me dedicó mucho tiempo, con paciencia y cariño. Descubrió que yo tartamudeaba cuando hablaba inglés y me explicó cómo solucionarlo, me mandó a hacer ejercicios y lecturas. Por esa época empecé a pasar los ratos libres en un área de Chicago donde jangueaban los beats, un grupo de escritores y artistas con un gran sentido de la libertad.

En aquella dura secundaria conocí un sitio que salvaría mis tres años. La biblioteca pública. Un lugar horrible, donde el agua se filtraba y cuando llovía se convertía en un pantano porque estaba por debajo del nivel de la calle; pero con una colección de literatura universal bastante decorosa. Me explicaron que podías sacar los libros y llevártelos a casa y luego devolverlos o pedir prórroga con un carnet sencillito que tenía un espacio cuadrado para tu foto y un número. Mi número era el 130.

Allí conocí a Alejandro Dumas. Allí odié a Julio Verne. Y de no haber empezado a leer a Sandokan por sus Últimas aventuras, no habría adorado a Salgari. Todos los lunes pasaba por la biblioteca y me llevaba algo. La edición de El Conde de Montecristo tenía cuatro tomos y nunca fui más feliz que cuando terminé la primera parte y supe que había una segunda, una tercera y una cuarta. Las tiendas en dólares dejaron de existir y mi mundo era aquel escenario increíble de Dumas. Allí conocí a Cervantes y el Quijote. Me llevé el tomo uno a casa y ya nunca lo devolví. Porque había una suerte de complicidad entre aquel deshacedor de entuertos y yo. Y de aquellos días apenas me queda la noción lejana de que ese viejo “tenía un sentido de la justicia del carajo”.

Hace apenas unos meses estuve en La Mancha. Recorrí El Toboso. Vi la casa en la que supuestamente se basó Cervantes para escribir sobre Dulcinea. Y toqué las ventas. Esas ventas que no podía imaginar porque no existe nada que se llame así en La Habana. El Quijote ya es más que el libro, es una ruta comercial para extranjeros melancólicos amantes de las causas perdidas. Dentro de esa ruta, en casi la última montaña que hay en toda la mancha, reposan unos molinos. Y desde los molinos puedes mirar tan lejos como te lo permita tu vista.

Hace apenas unos meses estuve también en la biblioteca pública de Guanabo. Cambió de sitio. Todavía se filtra, se empantana, se llueve por dentro, se pierde entre la abulia de un Municipio de Cultura que prefiere pagar por conciertos groseros en Guanabo y Alamar que por la reparación de un sitio que devuelve a los niños la sensación de compañía que roba la competitiva secundaria.

Me di de baja de la Wright College cuando mi padre nos abandonó y tuve que empezar a trabajar para ayudar a mi madre. No fue hasta 1967, cuando volví de Vietnam, que regresé a la universidad. La escena había cambiado de manera drástica. Había muchos profesores progresistas, debates sobre derechos humanos en los salones y un activismo político que influyó mi vida.

Ahora veo tu éxito universitario como una prolongación de mis aspiraciones. Según sigas adelante en la vida, llena tu corazón con amor, compasión, esperanza y valor. Ámate a ti misma, a tu familia, a tus compañeros y compañeras, a la tierra, al mar, a la libertad y a la justicia, y a todo aquello que represente y haga posible la vida.

Un beso y un abrazo con brazos puertorriqueños pequeños, pero con mucho amor. En resistencia y lucha…

Por hoy he escrito demasiado. Un beso y un abrazo con brazos cubanos pequeños, pero con todo el amor del mundo.

Written by Elaine Díaz

septiembre 22, 2013 a 2:30 pm

2 comentarios

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  1. Elaine,buena prosa como de costumbre,llevo dós años leyendote y te lo mereces,solo que a ratos(como en este caso) me resultas algo desenfocada.Un simple lectór como yo no llega a enterarse que és en realidád lo que tanto te involucra en esta historia puertorriqueña,que te impulsa tanto a alargar las cintas amarillas a este caso?..el señór?..su nieta?..su causa?..las manos en el vidrio?…
    Leo( o googleo) que el señór fué condenado a 70 años por “de todo un póco” y tambien que pudo salir en libertád en 1999 bajo ciertas condiciones extra penales que no aceptó,prefiriendo la verticalidád de una celda.Es por ello más viril su lucha?..para mi no pasa de romántico.El más grande cubano nacido de mujér alguna,José Julian Martí y Perez,aceptó el destierro y desde allí se aizó inmenso y nos hizo mejores,parió a Cuba como nación,pudo haberse plantado en las canteras de San Lazaro y picando piedras hubiese visto al mundo pasar,pero no!
    Este puertorriqueño por el que llevas haciendo obra ultimamente se equivocó de siglo y de lucha,inclúso se equivocó de pueblo,si!..de pueblo!..a las tropas norteamaericanas solo les tomó un dia y 20usd para tomar San Juán,ya desde entónces nadie queria sér tan puertorriqueño,sin asombro leo que en 2012 que los independentistas solo consiguieron el 5,5% en referendum,risible.
    Pudo -y hubiera sido más provechoso y fecundo- haber conocido a su nieta y entre abrazos y ternuras,haberla educado en sus doctrinas emancipadoras,por lo menos intertarlo,pero no,Oscar López Rivera prefirió el martirio,las cartas y las manos en el cristál.
    Desacertada decisión la de este luchadór,pero la respeto,lo que no me viene bien es hacerlo bandera,simplemente no me lo creo,demasiado romántica.
    Por cierto,yo tambien-como tantos-pude haber preferido despedir a mis compañeros con las manos en el cristal,pero no!..opté por lo que creia mejór y con la chapilla numero 471552 y 20 años de edád,terminé en suelo angolano y como buen soldado,supe regresar vivo,25 meses y 10 dias más tarde y aqui estoy,listo para escribirle sus cartas.Tenga ud un buen dia.

    reinaldo

    septiembre 23, 2013 at 10:21 am

  2. …………………………..

    rafauniversidad

    septiembre 23, 2013 at 11:50 am


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