La Polémica Digital

Espacio para debatir sobre Cuba

Ahora que ya no se escriben cartas

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y casi nadie usa estampitas pegadas con saliva, ni se anotan las direcciones del remitente en la esquina superior izquierda, y del destinatario en la inferior derecha; ahora que ya casi nadie usa lápiz y que los zurdos no se embarran la palma de la mano de grafito de tanto pasarle por encima a las letras –privilegio de limpieza para el derecho-; ahora que lo que queda es email y gmail y hotmail –y a veces Nauta-, la gente escribe lo primero que le viene a la cabeza.

Lo peor es que no se leen en alta voz.

Lo peor es que no se percatan de lo horrible que suenan sus pensamientos. La democratización de la comunicación ha supuesto la reducción del tiempo que uno se tomaba para hilvanar sílabas. Cuando los pensamientos iban muy rápido, a 362 golpes de máquina por segundo, la mano detenía la incontinencia. Se limpiaba entonces mucha hojarasca.

Entre ese marasmo de hojarasca e incontinencia; en ese libre flujo de ideas electrónicas me llega la más absurda de todas. En tono imperativo, además. “O me dejas leer el texto que acompañará mis fotos, o no las publiques”. Yo he visto malcriadeces periodísticas. He visto impertinencias. He visto gente luchar a brazo partido por una coma. Pero semejante oración me era ajena hasta entonces. Porque esa oración, en el contexto cubano, no sintetizaba pedantería, autosuficiencia, vanidad. Esa oración, en el contexto cubano, era el resultado de un ajiaco mal digerido de miedo.

Y yo sabía que era miedo a lo obvio. Miedo a las represalias. Un miedo que, bien visto, es compartido por muchos. Está bien tener miedo. Está bien, además, reconocerlo. Está mal, eso sí, que te paralice. Que te paralice las ganas. Que te paralice el cerebro. Que te paralice el sentido de lo que es justo. Que te paralice la pluma. Que paralice el obturador de tu cámara. Porque tus ganas, tu cerebro, tu sentido de lo que es justo, tu pluma y el obturador de tu cámara no son propiedad individual, sino social. No porque lo imponga el manual encartonado de algún ismo, sino porque allá afuera hay gente que cuenta con ello. Hay gente que cuenta con tus fotos y con mis textos para saber.

Pero algunos le temen a que otros sepan. Algunos temen que el dominio de la palabra pública y publicada –juntas- escapen del control del gobierno y de las oenegés permitidas que habitan este país. Los nuevos medios son acogidos con un recelo enquistado durante más de cincuenta años, un recelo que se expresa en falsas acusaciones, en descalificaciones, en cualquier suerte de discurso facilista que ayude a demeritar el trabajo de otro; aunque ese trabajo se resuma en quince reportajes y tres editoriales. Hay que ver qué clase de gente puede temerle a quince reportajes y tres editoriales. Hay que ver qué clase de país puede temerle a quince reportajes y tres editoriales.

Sucede que el miedo no es, obviamente, a los quince reportajes y a los tres editoriales. El miedo es a una evolución en la forma en que vemos el funcionamiento de los medios de comunicación masiva en la Cuba de 2015. El miedo viene por el cuestionamiento latente en esos quince reportajes y tres editoriales. ¿Por qué no pueden existir medios no estatales en la isla? Una suerte de cuentapropismo criollo periodístico –cooperativas, ahora que están de moda– que se rija por normas y leyes y códigos de ética discutidos y no impuestos. Un escenario donde coexistan armónicamente aquellos que surgen de iniciativas gubernamentales, partidistas, de las oenegés permitidas o de la ciudadanía.

Claro que es más fácil liberar la tenencia de restaurantes que de periódicos. Es preferible compartir la calle 23 entre kioscos y paladares estatales y privados que las estanterías donde se pudren de viejos algunos ejemplares de revistas o los tabloides de Universidad para Todos. Todavía hay quien piensa que no hay ideología en la pizza. Hay más ideología en una pizza cuatro quesos del Habana Mediterráneo, con su chef italiano, que en la portada de Granma de hoy. Pero la ideología de la pizza asusta menos.

Ahora que ya no se escriben cartas hay, por suerte, quienes usan el teléfono. Y te marcan descaradamente con asterisco 99. A veces cuesta retener las palabras del otro lado de la línea. Una voz grita que no puede aguantar hasta llegar a casa porque encontró una historia buenamuybuena, que hay que investigarla, que hay que escribirla, que hay que publicarla. Y que hay que pagarla, también. Debemos perder el miedo a pagar y cobrar por la palabra; tal y como el chef del Habana Mediterráneo perdió el miedo a pedir 9 CUC por su pizza cuatro quesos. La satanización del pago trae consigo, implícitamente, un profundo desprecio por el trabajo.

Intuyo que faltan por recibir muchos correos resultado de miedos sembrados por otros que tienen más miedo aún, pero ya ni saben exactamente a qué o a quién. Intuyo también que faltan muchas llamadas de gente que encuentra historias buenasmuybuenas que hay que contar.

Un día, serán más los segundos.

Written by Elaine Díaz

febrero 1, 2016 at 6:04 pm

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The Chapman Filter

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Great American Ball Park

Great American Ball Park

Este no es un post sobre baseball. ¿Qué sé yo de baseball? No porque sea mujer – pobres de aquellos hombres que creen que las mujeres no pueden entender de pelota -, sino porque renuncié a ir al Latino desde que tenía 17 años. Justo después de aquel juego Industriales – Pinar del Río (2002) en que – durante el noveno inning y unos minutos antes de la conga, porque Industriales estaba ganando – Lazo dio un jonrón y perdimos – y este plural es de pertenencia-. No recuerdo los detalles. Han pasado más de 10 años. Qué voy a recordar yo. Lo único que sé es que dejé de ir al Latino. Y cerré mi historia con el baseball.

Pero luego me fui a Washington, a un evento académico, y me llevaron al Nationals Park a ver un juego, con aquellas luces que me encandilaban lo que no habían conseguido los malls. En el séptimo inning, el estadio entero se levantaba a cantar Take me out to the ball game, esa canción que escribiera Norworth en 1908…

♪ Take me out to the ball game / Take me out with the crowd / Buy me some peanuts and cracker jack / I don’t care if I never get back ♫

Uno la podía seguir porque el estadio se travestía en un gigantesco karaoke y el momento de máxima lujuria llegaba tras aquel ♪ For it’s one, two, three strikes, you’re out, At the old ball game ♫. El one, two, three debía llegar hasta la mismísima 1600 Pennsylvania Avenue NW.

Y le sumé, al turismo de bibliotecas y universidades, los estadios. Cuando me mudé a Cambridge, Massachussets, me agencié una invitación de mi landlord a Fenway Park. Nunca supe cómo Jim consiguió de un día para otro aquellos asientos en la fila tres, desde donde se veía clarísimo el Green Monster, apodo popular para la pared de 11.33 metros de altura del jardín izquierdo.

Céspedes jugaba con los Red Sox por entonces, y no pude evitar la mezcla de provincianismo y añoranza tras escuchar a Gente de Zona y aquellas oraciones de “El Animal” que identificaban al pelotero. O los celos por la gritería que se armaba cuando salía a batear David Ortiz. Big Papy, big papy, big papy, gritaban los fanáticos descompuestos. De Fenway me llevé un Céspedes que se ponchó en cada ocasión – como para seguir el maleficio de 2002 en el Latino – y aquel Sweet Caroline que solo se cantaba en ese estadio hasta que ocurrió lo de las bombas en la maratón de Boston, y se cantó entonces en otros sitios, y en otras maratones, en solidaridad con la ciudad.

♪ Sweet Caroline / Good times never seemed so good / Sweet Caroline / I believe they never could ♫

Tras varias semanas de desayunos, almuerzos y cenas de trabajo, de clases y conferencias en cuatro universidades de Ohio el pasado septiembre, llegué a Kentucky. No Kentucky, Kentucky, sino la parte que está al otro lado del puente de Cincinatti. Alguien me había pedido una foto del Great American Ball Park y yo dije que no, que no pasaba por allí, que en el midwest todo era lejísimo, y que yo estaría en Kentucky, no en Cincinatti.

Aquella noche terminé en un hotel en Newport, justo frente al Ohio river. Y vi de nuevo las luces que encandilaban desde la ventana y pensé que quizás, quién sabe, ese podía ser el estadio. Busqué en Google, comparé la disposición de las torres – dos y dos – y allí estaba el Great American Ball Park.

La pregunta más socorrida aquella semana de conferencias fue si alguna vez se le permitiría a los peloteros cubanos jugar en Grandes Ligas sin tener que abandonar el país. Y yo quería responder que había roto con el baseball desde 2002, pero sonaba grosero, así que preferí encogerme de hombros, declararme neófita en el tema y rezar un “ojalá”. A lo que ellos respondían con un “We have got Chapman”. Y yo replicaba “I rather prefer Céspedes”.  Solo porque nació el mismo día, el mismo mes, el mismo año que yo. Y porque lo sentía cerca aquellos diez meses de Boston, que era lo mismo que tener cerca a Cuba.

Hoy alguien me enseña un sitio web que yo nunca habría buscado. Tiene las estadísticas de la MLB. En la categoría de pitchers más rápidos, durante la temporada regular, el único nombre que aparece es Aroldis Chapman. Tanto es el aguaje deportivo del muchachito de Holguín que tuvieron que implementar un “Chapman filter”. Si lo activas, se elimina el nombre del cubano y entonces puedes ver a otros jugadores. Ya les decía, este post no es de baseball, sino apenas otro ataque de deslumbramiento tecnológico.

Chapman Filter

Chapman Filter

Written by Elaine Díaz

octubre 16, 2015 at 12:39 am

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Periodismo de Barrio ya se hizo (y es hermoso)

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Así nos recibieron en Pueblo Nuevo, Centro Habana

Así nos recibieron en Pueblo Nuevo, Centro Habana

Correo electrónico enviado a los suscriptores de Periodismo de Barrio

Amigos y amigas…

Ustedes que están del otro lado del correo electrónico y han sumados sus direcciones voluntariamente para tener las primicias sobre Periodismo de Barrio, ustedes que ni siquiera se conocen entre sí pero no han dejado de creer, ustedes que probablemente se hayan vestido de blanco en 2009, durante aquellos días del concierto Paz sin Fronteras, cuando parecía imposible que Juanes y Olga Tañón se le unieran a los Van Van en La Habana y gritaron junto al maestro Formell aquel “ya se hizooooo, duélale a quien le duela”… Para ustedes es este primer correo electrónico de una nueva organización periodística sin fines de lucro enfocada en las historias de las comunidades afectadas por desastres naturales o aquellas que, por su localización, son vulnerables al impacto de fenómenos naturales como huracanes, inundaciones, sequías, fuegos, deslizamientos de tierra, u otros ocasionados por la incidencia del hombre.

Periodismo de Barrio, como Paz sin Fronteras, ya se hizo. No sin tropiezos. No sin malos ratos. Pero se hizo. Y el número cero, que saldrá el próximo domingo – debo decirles – es hermoso. El primero de agosto de este año, cinco jóvenes periodistas nos lanzamos a recorrer los principales municipios afectados por las inundaciones súbitas del pasado 29 de abril. Llegamos hasta Centro Habana, Cerro, La Habana Vieja y 10 de Octubre. Tocamos las puertas de las casas una y otra vez y nos recibió gente sencilla, de bien, gente que te da guayabas y agua fría y refresco de pipa gaseado. Recorrimos los barrios de la mano de los gobiernos locales, cogimos la ruta 26 en el Hospital Naval y nos sentamos a escuchar a quienes predicen el clima en Casablanca. Nos pasamos una tarde con el comando de Rescate y Salvamento que alejó tantas muertes ese día. E hicimos periodismo. Ese periodismo cuya vocación está profundamente vinculada con el servicio público.

Algunos nos negaron entrevistas. Otros desconfiaron de nuestras intenciones. Pero para todo ello estábamos preparados. La desconfianza nos hizo más fuertes. Nadie debe confiar en otro sin ver el resultado de su trabajo antes. Y eso es lo que queremos mostrarles el 18 de octubre. Nuestro primer número se basa en el acto de fe de aquellos que quisieron ser los primeros en arriesgarse, de esos que tenían tanto que decir que prefirieron hablar a permanecer callados.

Tiene cinco reportajes larguísimos, reposados, porque hacemos periodismo lento, y entrevistamos a las mismas personas una y otra vez, y verificamos cada dato, y contrastamos cada fuente y somos poca gente y tenemos pocos recursos. Periodismo de Barrio no se lee en un día. Guárdenlo en su navegador. Abran cada semana un reportaje, descubran junto a nosotros esa Cuba que no se ve en Facebook, ni en Twitter, una Cuba que no es noticia de último momento. Y no dejen de enviarnos su opinión. 

Tiene, también, un perfil de un delegado a la Asamblea Municipal del Poder Popular. De un hombre de bien. De un hombre con un bote rojo sin remos que entra a un barrio insalubre a salvar gente. Alguien que nos monta en su moto con sidecar y nos lleva a San Felipe y a quienes sus vecinos respetan. Tiene imágenes dolorosas, porque a seis meses de las lluvias, hay quienes siguen durmiendo en los esqueletos de sus colchones en el piso, e imágenes desde la esperanza, porque a seis meses de las lluvias hay barrios que han sabido gestionar soluciones. Tiene un editorial que dice quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos.

Y no tiene ni un centavo que no sea del dinero que ahorré yo, Elaine Díaz, durante mi estancia como becaria en la Nieman Foundation for Journalism de la Universidad de Harvard. Hay quienes usan sus dineros para comprarse casas, o carros, o ropa, o zapatos, o comida. Hay quienes lo usan para viajar. Hay quienes compran sexo. Hay quienes compran ideologías. Y hay quienes se deshacen de él. Porque el dinero, seamos honestos, corrompe. Quien nada ha tenido, nada pierde. Yo tuve mucho, tuve a mi familia, y tuve Campo Florido, y tuve una finca que me salvó de pasar hambre en los ´90 – durante el periodo especial. Sé sembrar tomates y vender mamoncillos en la playa con la misma impertinencia con la que escribo.

Si mañana Periodismo de Barrio no pudiera seguir por causas ajenas a nuestra voluntad – como un cataclismo climático – si no hubiera un número uno que alumbrara ese número cero que saldrá el domingo, aún así habría valido la pena cada segundo de estos dos meses. Por Mónica, por Julio, por Geisy y por Tomás – que son los nombres que verán una y otra vez firmando los trabajos. Deben memorizarlos, porque no todos los días se encuentran periodistas con almas tan limpias y vocación tan clara. Pero, sobre todo, habría valido la pena por todos esos que nos miraron con los ojos bien abiertos porque nunca antes habían sido escuchados, por todos los que nos tendieron la mano, por todos los que creyeron y creen que hacer algo diferente en Cuba, hoy, no solo es posible, sino necesario…

“Cuando llueve todo sea moja, dice un refrán, pero aún más los pobres”, así comienza Lemebel una crónica sobre las inundaciones en Chile y así empieza Periodismo de Barrio.

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Written by Elaine Díaz

octubre 13, 2015 at 4:46 pm

Publicado en Periodismo de barrio

Yellow Springs

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Yellow Spring

Quédense las grandes ciudades. Los rascacielos. Las luces. Los grandes comercios. La bulla. El ruido. Las hordas de gente cruzando las avenidas en una coreografía de pasos agitados. Quédense también los grandes cines y el metro, la algarabía y el hacinamiento, los apartamentos. Pero déjenme los pueblitos. Déjenme perderme en Yellow Springs por unas horas. No hablen, no taladren mi oído con el sonido de sus voces, no me pregunten si me gusta, si quiero comer, si me quiero ir. Ignórenme. Olvídenme en un comercio local, donde solo caben cinco personas a la vez, déjenme sentir el olor del jabón hecho a mano y de los inciensos de canela. Déjenme tocar la tela de los vestidos locales y leer los carteles de los pullovers diseñados por los artistas hippies. No me pidan que filme al artista callejero, que profane su música con un burdo iPhone 5S, ni sugieran que le tire monedas, como quien lanza limosnas. No me pregunten por qué vibro con una libreta hecha a mano de papel reciclado, o por qué colecciono las velas de apple cider, o qué hay detrás del collar del búho. No me interrumpan cuando me quedo frente a la única taberna del pueblo, al único banco, al único parque, a la única barbería, a la única gasolinera… y los miro con cierta curiosidad infantil. No me pidan que explique por qué la cerveza Dunkel y no la Miller, ni qué me atrae de un cine hecho para 80 personas, o por qué me enredo en los pasillos de las tiendas asiáticas.

Ténganme paciencia.

Written by Elaine Díaz

septiembre 26, 2015 at 7:18 pm

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Así es la experiencia de navegación por Internet en los puntos de acceso público en Cuba

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Centro de acceso al servicio Nauta para la navegación por Internet

Centro de acceso al servicio Nauta para la navegación por Internet. Foto: Elaine Díaz

Son las diez y el parque Agramonte, de Camagüey, parece que va a explotar entre tanta gente con pantallas blancas que alivian la oscuridad del alumbrado público ausente. En las noches, los bancos apenas alcanzan, pero durante el día, el sol abrasa a quien intente navegar desde este sitio y para sentarse en cualquier cafetería hasta donde llegue la señal, es obligatorio consumir.

La Rampa, también carente de cualquier infraestructura amigable para la navegación, puede acoger hasta 100 usuarios conectados simultáneamente. En los parques habilitados en la provincia de Camagüey son solo 50. “Y sí que se ha llegado a esa cifra”, me cuenta Alejo. “Uno se da cuenta porque te sale un cartel que dice que no pueden procesar tu solicitud cuando insertas el nombre de usuario y la contraseña”, añade.

Hay dos vías para conseguir un usuario: las tarjetas Nautas prepagadas o un contrato con ETECSA que incluye navegación por Internet y correo electrónico. En ambos casos es obligatorio presentar una identificación oficial que queda registrada, ya sea carnet de identidad o pasaporte. Sin embargo, los hoteles, que proveen servicios de acceso a Internet por precios que oscilan entre 4.50 y 10 CUC la hora, no solicitan ninguna información personal.

Hace tres semanas eran a 2.50, hoy cuestan 3 CUC las tarjetas prepagadas para navegar por las zonas wifi que circulan en el incipiente mercado negro de La Rampa. En los puntos de venta oficiales de ETECSA valen 2 CUC, pero los usuarios deben hacer largas colas donde se mezclan quienes necesitan recargar su celular, pagar el teléfono o comprar algún producto.

Guanabo carece de zonas wifi, pero el punto de ETECSA con tres computadoras y aire acondicionado – todo un lujo comparado con el que se ubica en el Casino Deportivo – se ha convertido en el lugar de moda para los adolescentes. Jennifer ya tiene su cuenta en Facebook, y guarda la página de su navegador con orgullo para mostrársela a su madre en su computadora desconectada. “¿Qué más viste hoy?”, le pregunto. Y me enseña las fotos descargadas de la página de Los Ángeles, el grupo musical de moda.

En La Rampa, Guanabo, Camagüey o el Casino Deportivo todos parecen revisar lo mismo. Internet en Cuba – desde los espacios de acceso público – se circunscribe a una red social, algún servicio de correo electrónico y aplicaciones de chat y video. Apenas un sustituto básico para un servicio telefónico caro e ineficiente. Y no es que exista una sola experiencia de navegación, tal asunción sería aberrada, pero basta caminar por estos sitios para detectar patrones de consumo generalizados.

Los altos precios, la falta de condiciones mínimas donde navegar – lo que obliga a las personas a aprovechar muros, escaleras, contenes y aceras -, la ausencia de una estrategia coherente de formación para la ciudadanía toda – no solo para los universitarios o sectores clave en el desarrollo científico del país – en cuanto a los servicios de Internet y las limitaciones de los dispositivos de acceso han provocado la emergencia de un consumo principalmente utilitario de la red.

Internet caro y por poco tiempo. Internet convertido en inversión. Una inversión que en el caso de algunas jóvenes y adolescentes debe retornar con ganancias en el menor tiempo posible. Varios anuncios publicados en Revolico brindan servicios de gestión de cuentas personales en Facebook. “Por mi casa vive un señor que le lleva la cuenta a tres muchachitas que se escriben con extranjeros. Ellas responden los mensajes y él los envía”, cuenta un usuario que no quiso ser identificado.

En la esquina siguiente, una adolescente estrena su cuenta de Facebook y en la foto de portada se lee un escandaloso “Yo soy sexy”. Sus padres la imaginan en un parque con sus amigos, lo cual es técnicamente cierto. Nadie les ha explicado a sus padres que, en Internet, uno puede estar en muchos sitios al mismo tiempo, y que algunos de ellos son peligrosos. O lo han explicado en algún que otro reportaje de la televisión, como algo que pasa lejos, en otros países, pero nunca en Cuba, jamás a sus hijos.

A esto se suma el sentido de la urgencia. En la Cuba de 2015, Internet apenas resuelve uno de los problemas que abarataba en la década de los ´90: la cercanía entre las personas. Con casi dos millones de cubanos residiendo en Estados Unidos y cientos de miles de familias separadas por la emigración, Nauta desafía visas y pasajes de avión y une. Quizás eso es lo más importante por ahora. Para el resto, ya habrá tiempo.

*Este post forma parte de una serie de artículos sobre el tema y puede ser republicado en cualquier sitio web sin la autorización explícita de la autora.

La Habana, 6 de agosto de 2015

Written by Elaine Díaz

agosto 6, 2015 at 12:30 pm

Publicado en Ciencia y Tecnología

Cinco desafíos de la extensión del acceso público a Internet en Cuba

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Prólogo

Jóvenes cubanos navegan por Internet en el Hotel Presidente

Jóvenes cubanos navegan por Internet en el Hotel Presidente

Hay una muchacha sentada en la otra esquina del muro. Hay un P de los anaranjados que para justo en el semáforo. Hay gente bajándose del P antes de llegar a la parada. Hay también cola para entrar al Dinos Pizza. Hay una extranjera que me pregunta en inglés Where did you get your card. Y de la cola del Dinos Pizza sale un muchacho y abre una ristra de tarjetas prepagadas de acceso a Internet. Le dice a la extranjera que three dollars cada una y a mí se me antoja una trenza interminable de cabezas de ajo, que cuestan three pesos cubanos cada una.

La muchacha de la esquina se acerca, aprovecha que me distancié de la pantalla por unos segundos para explicarle a la extranjera que las había comprado en Guanabo, hace como dos semanas, y me suplica que la ayude a conectarse, que lleva tres días viniendo, que ella espera a que yo termine de hacer lo mío. A mí se me escapan cinco minutos-Nauta escuchándola. Y uno no es consciente del valor del tiempo hasta que se enfrenta a una hora-Nauta, que no hay forma de que tenga 60 minutos. Sesenta minutos por cincuenta pesos. Miro los minutos-Nauta que se largan con frialdad y en un acto de bravuconería y rebeldía los dejo ir, le pido el teléfono a la muchacha, que dibuja una G en su smartphone y lidio con WIFI_Etecsa. Leer el resto de esta entrada »

Written by Elaine Díaz

agosto 5, 2015 at 9:32 am

Publicado en Ciencia y Tecnología

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¿Cómo se hizo el logo de Periodismo de Barrio y por qué fueron importantes los usuarios?

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El 9 de mayo de 2015, Periodismo de Barrio lanzóun concurso en el sitio web Zillion Designs para encontrar un logo que sintetizara los rasgos distintivos de nuestra organización periodística.En el resumen incluimos los siguientes conceptos:

Orientado a la comunidad, que refleje transparencia, tolerancia, respeto, investigación, justicia, alegría, e independencia. Queremos que sea minimalista, limpio, simple y low tech, con soluciones que funcionen en escenarios como Twitter y Facebook, pero también en pullovers, tazas, stickers, bolígrafos.

En menos de 72 horas, recibimos 55 propuestas de cinco diseñadores y el 11 de mayo declaramos como ganadora a Nelly Carmenza Burbano Sánchez, quien transfirió los derechos de propiedad del diseño ganador a la titular del concurso.

Leer más aquí.

Written by Elaine Díaz

junio 1, 2015 at 11:56 am

Publicado en Sin categoría

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