La Polémica Digital

Espacio para debatir sobre Cuba

El día después de la historia de Cuba

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Lo hemos ensayado durante diez años. Desde que se enfermara en 2006 y cediera la mayor cantidad de cargos públicos acumulados en manos de una sola persona en la historia de Cuba. Lo ensayamos antes, incluso. Cuando cayó al piso en medio de un discurso en el municipio Cotorro, de la capital cubana, allá en el año 2001, y las cámaras de la televisión que trasmitían en vivo apuntaron, curiosamente, al cielo. Descubrimos que era hombre, que sudaba, gemía, escupía. Ayer, pasadas las diez de la noche, descubrimos que también moría.

Si ayer, pasadas las diez de la noche, no hubiéramos escuchado la voz quebrada de Raúl Castro –a ratos presidente, a ratos hermano– anunciando la muerte de Fidel Castro, de todos modos hubiéramos intuido que algo pasaba. No precisamente por la algarabía de los medios de comunicación estatales, cuya programación –invariable– era la única garantía posible de que nada había sucedido; sino por el sonido de los teléfonos. Nunca se sintieron más timbres de teléfonos fijos y tonos de celular que en la madrugada del 26 de noviembre.

Y cuando amaneció, cuando amainó el paroxismo de las llamadas, había muchas Cuba. Donde dice Cuba, trascienda el espacio geográfico que ocupa en el planeta la isla de once millones de habitantes. Piense en el espacio físico que ha ganado cada uno de sus ciudadanos en el mundo. Las más perceptibles eran la que festejaba la muerte en Miami y la que hacía luto en La Habana. Pero hay quienes habitan en los márgenes del festejo descarnado de Miami y del luto abrazador de La Habana. Hay quienes habitan en el silencio.

Como el anciano de casi 90 años que vive en algún sitio de Campo Florido, un pueblo al este de La Habana. Quiere llorar pero no puede. Hace apenas una semana le diagnosticaron pérdida de la memoria por vejez. Al campesino de Campo Florido –campesino desde los cinco años– le fusilaron a uno de sus hermanos durante la dictadura de Fulgencio Batista. Recibió tierras durante la primera Ley de Reforma Agraria. Cultivó las tierras hasta que hicieron un llamado para ir a luchar a Etiopía en 1977. Se fue a la guerra y regresó. Hubo quienes nunca regresaron. Y también quienes hubieran preferido no regresar. Quiere llorar, pero puede que haya olvidado cómo. Por eso ha salido esta mañana bien temprano al campo, a acariciar con su guataca las tierras de aquella primera Ley de Reforma Agraria.

No importa cuánto ensayamos la muerte. Era, apenas, una puesta en escena, una pantomima, un juego. No era, nunca, certeza. Fidel Castro había muerto demasiado. Algunas veces por cortesía del presidente estadounidense de turno; otras a cuenta y riesgo de la prensa internacional. No importaba que la muerte, lenta, agónica, hubiera ocurrido delante de nuestras narices durante diez años. La presencia física, lejana del hombre barbudo y vital, superaba la ausencia aparente en el juego político cubano. Cuando hacía falta, se recordaba. Como aquel 17 de diciembre de 2014, cuando por espacio de unos segundos Cuba completa se cuestionó si estábamos traicionando la vocación abiertamente antimperialista de la Revolución. Y descubrimos que el diálogo, nunca, podía ser traición. Sabíamos que sudaba, que escupía, que gemía. Pero no tomamos en serio ninguno de los síntomas. No supimos que moría.

Written by Elaine Díaz

noviembre 26, 2016 at 9:56 pm

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El único libro

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En el otoño de 2003, si es que se le puede llamar otoño a ese periodo que va entre octubre y diciembre en Cuba, mi padre y yo cursábamos el décimo grado. Al mismo tiempo. No en el mismo sitio. Yo me largaba los lunes a la Lenin. Él se largaba todas las tardes a la Facultad Obrero Campesina (FOC) que sesionaba en la secundaria Reemberto Abad, de Peñas Altas.

A mí me gustaba estudiar. A mi padre, no mucho. Yo había ido a la Lenin para poder llegar hasta la universidad. Mi padre había matriculado la FOC porque en su trabajo exigían doce grado incluso para limpiar pisos. La medida era reciente y hasta los obreros que hacían “tratamiento térmico” debían mostrar el título o probar que estaban estudiando. Mi padre trabajaba en una fábrica. Nunca entendí bien qué se fabricaba allí además de los camellos que inundaron La Habana en los noventa. De ocho a cinco se paraba frente a unas calderas enormes donde se cocía algún metal.

Cuando yo regresaba de la beca los viernes, a veces los sábados, hacíamos juntos las tareas de matemáticas, las composiciones de español, las fórmulas de química y nos quejábamos de la física. A veces las ecuaciones no le daban y los símbolos químicos eran incorrectos. Se levantaba de la mesa con ese mal genio que heredé y decía que ya estaba muy viejo para eso, que llevaba veinte años trabajando en el mismo sitio y que nunca había cometido un error. ¿Qué iba a cambiar con un título? Yo me encogía de hombros y respondía mi tarea y la suya.

En el otoño de 2003 llegó un señor de España a la biblioteca pública de Guanabo. Dijo que tenía seis cajas de libros para donar. Que era lo menos que podía hacer por Cuba. Yo, que devoré el Conde de Montecristo y los pocos Salgari que quedaban en esa biblioteca en séptimo grado; yo, que usaba el número 130 en mi carnet de usuaria, fui una de las primeras en enterarme. Eran veinte Julio Verne. Eran dos Orwells. Eran muchos Vargas Llosa, un Bolaños, varios Salgaris y un García Márquez. No era Cien años de soledad. No era El amor en los tiempos del cólera. Tampoco El coronel no tiene quien le escriba. Era Doce cuentos peregrinos.

Decía el libro, en el prólogo, que García Márquez lo había escrito durante 18 años. Ese lunes, antes de irme a la Lenin, creí que lo había guardado en la maleta. Olvidé que se había quedado debajo de mi almohada en casa de mi padre. Cuando llegué el viernes, no hubo tareas de física, química o matemáticas. Mi padre, acabado de llegar del sitio donde se había inventado el mismísimo camello, tenía el libro en las manos. “Lo acabo de terminar”, dijo. “Es el único libro que me he leído en mi vida”.

Mi padre tenía, en ese momento, 41 años.

A la semana siguiente me las arreglé para buscarle otro libro. El estipendio que podía darme mi abuela ascendía a 10 pesos. Encontré unas cartas de Lezama Lima en cinco y me sobraba dinero. Escribí con una caligrafía apurada en la primera página y se lo di el viernes. No leyó una página.

Quince días después, me dijo: “He vuelto a leer, por segunda vez, los cuentos peregrinos”.

Written by Elaine Díaz

agosto 5, 2016 at 6:21 pm

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Amazon para Mónica

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Pocas cosas asume sin cuestionárselas. Sus porqués cada diez, veinte, treinta segundos pudieran ser un examen de paciencia para cualquier ser vivo (si no, pregúntenle a Simón, la jicotea). Sus porqués cada diez, veinte, treinta segundos sobre temas relativos a las tecnologías, a Internet, a servicios y productos online demandan, más que paciencia, creatividad. Son porqués genuinos de quien no sabe, de quien no tiene ni idea, de quien vive en el más profundo despiste. Son porqués de quien tiene 28 años y no sabe, no tiene idea, porque vive en el más profundo despiste.

A veces, pocas, cuando de verdad importan las estadísticas, me pregunta si “el último editorial se está compartiendo bien en las sociales”. Le digo que sí, que ya pasó de 100, que está bien de salud. Le digo, también, que para volver a preguntar debe dejar que pase un poco de tiempo, porque es probable que estemos viendo una copia local del sitio. Y me dice que no me esfuerce, que ya empecé a hablar otro idioma, que ella no nació para entender eso. Pocas veces me esfuerzo (debo confesarlo). La mayor parte del tiempo le digo que escriba, que no le hace falta entender.

Pero otras veces le digo que sí, que tiene que entender. Y le hablo en el lenguaje que prefiere: el de los libros. Imagina que el hosting es la Biblioteca Nacional y la copia local es la biblioteca de tu casa. ¿Me sigues? Ahora imagina que quieres un libro, imagina que los 11 millones de cubanos quisieran el mismo libro que tú. ¿Me sigues? Ahora piensa el atolladero de gente buscando ese libro en la Biblioteca Nacional. Tú comprarías el libro y lo pondrías en la biblioteca de tu casa, ¿verdad?. Así, cuando quieras “Los detectives salvajes”, por ejemplo, usas tu copia local. Solo irías a la Biblioteca Nacional cuando necesitas un libro que no tienes en casa. ¿Me sigues? Como tú eres tan juiciosa, vas a intentar tener la mayor cantidad de libros en casa.

Cuando no está preguntando, escribe poemas. Y cuando no encuentra una editorial, los publica en su blog. No de uno en uno, como haría cualquier otra persona; sino de un tirón. El poemario completo a la web. A lo grande. Los poemas son buenos; pero no ganan premios. Yo sé poco de poemas. He escrito uno, y fue tan malo, que prefiero decir que no he escrito ninguno. Pero sé que estos son buenos. Por dos razones: la primera, porque algo sube de la barriga hasta el pecho y llega hasta la garganta cuando los leo; la segunda, porque me dan una ganas inaguantables de compartir varios versos en Facebook. La tercera, si hiciera falta, porque aún no termino el último. El motivo para no terminar el último es el mismo por el cual tengo páginas pendientes de “Los detectives salvajes”. No quiero que se acabe nunca.

Le digo que publique sus poemas en Amazon. Y le explico, antes de que sus porqués inunden la mesa del desayuno. Imagina un mundo sin editoriales. Imagina que sean solo los lectores y los escritores y una plataforma donde los primeros y los últimos se encuentran sin que exista detrás una industria que intenta adivinar gustos, índices de ventas; que decide lo que se publica y lo que no, algunas veces basada en criterios tan poco literarios como el nivel de “fervor revolucionario” de un texto. ¿Qué pasa si quieres quedar fuera de juego? Imagina una comunidad primitiva literaria. Tú subes tu libro, lo clasificas, poemas, ¿no?, y luego alguien lo encuentra, lo compra, lo descarga, lo lleva a casa.

“¿Y las estadísticas de Google Analytics?”, me pregunta otro día. “No, no, olvida eso, es del tipo de cosas que no te hace falta entender. ¿Ya subiste los poemas a Amazon? Hay lectores esperándote, recuerda”.

Written by Elaine Díaz

julio 28, 2016 at 10:28 pm

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La Habana, 27 de julio

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Un día de noviembre de 2014, te conté que la Estación Central era mi lugar preferido de New York. Te dije que en alguna mala película de Hollywood, había una muchacha, guía turística por cuenta propia, que hacía a los visitantes acostarse en el suelo (gente corriendo para alcanzar su tren mediante) y los instaba a mirar hacia las constelaciones que se dibujaban en el techo. La Estación Central era mi lugar favorito porque no era nunca el mismo lugar. La Estación Central era el río de Heráclito. Yo, teniendo la Estación Central, tenía mucho más que la Estación Central.

Otro día, en Providence, te dije que debías superar los problemas crónicos de autoestima, que la vida no iba de eso, ni de andarse quejando, ni de preguntarse por qué me pasó a mí y no al otro. Iba de asumirla como viniera (si te conformabas) o de torcerle el pescuezo como a las gallinas (si no venía a tu gusto). Insinué, claro, que tú eras de las que le torcía el pescuezo, no porque estuviera siendo generosa (que lo he sido) sino porque había visto como, en los últimos años, buscando un lugar para ti misma, habías terminado por darle sitio a mucha gente. Gente que me importaba mucho y gente a la que ni siquiera conocía entonces. Gente que lo único que tenía en común era el talento y las ganas.

Luego vino la distancia obvia entre Boston y Miami. Las llamadas se contrajeron tanto que dejamos de hablar. Alguna vez contesté sin ni siquiera parar la serie que corría en Netflix. Otras, pasé de largo por el chat de Facebook, sin tiempo para preguntar ese “cómo estás” que no se responde con un “bien, gracias”.

Hoy leí un texto sobre Mario Guerra. Y  ayer, algo sobre un país congelado en el tiempo en el mismísimo New York Times. Nosotras lo pronunciaríamos, para burlarnos, como Niú, Yol, Taims. Y acentuaríamos bien la ‘l’ de ‘Yol’ para que luciera latino, latino. Antier, hojeé (y ya sé que no se puede hojear en la web) una historia de gente que vive encima de la loma, y de gente que vive debajo de la loma, gente que se revira los ojos porque existe una bronca histórica por el agua. En los últimos meses leí, también, de los carretilleros, del Fanguito, de Tony Menéndez, de Osmani García, y de Farah.

Hace poco, con una dosis de vino tinto que acelera la honestidad (y la risa), le preguntaba a alguien cuál era el secreto. Cómo se había logrado que tanta gente de una misma generación saliera a escribir periodismo con esas ganas. Él respondió con una sarta de oraciones subordinadas sobre la última vez que fue feliz en aquella casa alquilada de La Habana, aquella casa que no tenía habitantes fijos, donde se recibían llamadas a las cuatro de la mañana porque “el país estaba en apuros”. Si quitábamos los verbos y los sustantivos; si quitábamos todo aquel seseo insoportable de sus oraciones compuestas, yo creo que lo que él quería decir, lo que de verdad me estaba contando, era que el secreto habías sido tú.

Written by Elaine Díaz

julio 27, 2016 at 2:28 pm

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Habana – Guanabo

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Hay dos maneras de salir de casa: con audífonos o sin audífonos. Cuando uno anda por el mundo, audífonos mediante, es porque poco o nada quiere escuchar que no sea ese terrible playlist en el que no falta, para variar, Melendi con su acaramelado Jardín de Blancanieves (Tu jardín con enanitos) o el más movidito Estopa, con su “estoy como un vino tinto” (ellos explican dos versos después qué significa). Hay una tercera manera de salir de casa: con los audífonos al oído, y el botón de pause en tu teléfono. La señal es simple: quieres escuchar al mundo, pero no quieres que el mundo te note a ti. Y así llega uno el sábado en la mañana a la parada de los taxis hacia Guanabo. El día antes, el Consejo de la Administración Provincial (CAP) de La Habana había decretado el fin del jolgorio con los precios de los taxis colectivos. “Congeladlos”, dijeron, “y si alguien osara descongelarlos, retiradle la licencia”. Añadieron un número para actos espontáneos de denuncia y se fueron a dormir, no sin antes dejar un grupo de inspectores debidamente movilizado.

Dicen los del CAP que no habían motivos para subir los precios. Dicen los del CAP, que no mienten, pero tampoco cuentan toda la verdad, que los precios del petróleo y la gasolina seguían igualitos, dicen que los impuestos estaban en los mismos porcientos. Olvidan los del CAP, oportunamente, que los taxis de La Habana se mueven gracias a los precios del combustible en el mercado negro, y que si los precios habían subido, porque habían recortado las asignaciones en las empresas, porque había falta de portadores energéticos en el país, porque Venezuela no estaba mandando la misma cantidad a Cuba,  -cosas todas de las que nos enteramos por Murillo- entonces el negocio no daba. Podría darse el caso de que el sector privado en Cuba, tan socialista, asumiera las pérdidas. O podría darse el caso de que el sector privado en Cuba, como cualquier sector privado en otro lugar del planeta, hiciera lo que mejor sabe hacer: pasar las pérdidas al prójimo.

Este sábado, mientras más de treinta personas esperaban por los taxis de precios congelados, un pisicorre-amarillo-pollito (cambiémosle el color para no usurpar el trabajo de los inspectores) parqueó en la ruta de Guanabo. Dijo que dos cuc. El buquenque, tan obediente, le pidió que parqueara en otro sitio, que esa música desafinada no era buena para el negocio. El buquenque obediente gritó que había un carro a dos cuc, pero que no había que cogerlo, porque el precio oficial era un cuc El buquenque obediente no había terminado de largar su discurso cuando el pisicorre-amarillo-pollito estaba repleto de pasajeros. 

Dos cuc a Guanabo. Punto.

El chofer del pisicorre-amarillo-pollito tiene déficit de cuello, unas gafas Rayban, las manos toscas y una camiseta verde. El chofer dice un “atiendan para acá todos” y los pasajeros casi se ponen en firme en los asientos. Lo que sigue, es sublime, por ridículo. Lo que sigue es la subversión del poder, la complicidad entre pasajeros y chofer para desafiar a la institución que pretende proteger al pasajero. Lo que sigue es el chofer diciendo que “aquí todo el mundo está grandecito y que el carro es a dos cuc pero tienen que decir uno si nos para un inspector, porque lo que deberíamos hacer todos los choferes es parar los carros de toda La Habana a ver qué van a hacer ellos”. Uno adivina que ellos son el CAP, o alguien encima del CAP. Pero no se sabe con certeza.

Los pasajeros -a quienes había protegido la ley el día anterior- replican que tiene razón, que el que tenga los dos cuc que pague el carro, que lo que debería hacer el Estado es poner más guaguas y más transporte público en vez de andar congelando los precios de los almendrones. Entre los pasajeros hay dos que se quedan en Marazul. Uno dirá, a mitad del camino, que aquí solo viven bien tres grupos de personas: los locos, los borrachos y los dirigentes. El otro dirá que ha viajado, que tuvo la oportunidad de estar en Miami, y cuando le pregunten que qué hace en Cuba, responderá que le gusta su país, aunque los almendrones cobren dos cuc hasta Guanabo. El chofer le preguntará si es comunista y, sin esperar respuesta, le dirá que si es comunista debe pagar 5 CUC en vez de dos.

A las alturas de Alamar otro pisicorre-verde-fosforescente se cruzará con el nuestro y en tono de sorna gritará: “Guanabo a dos”. El chofer con déficit de cuello responderá de vuelta: “¿Tú estás doco? Guanabo a un cuc”. Las carcajadas inundarán el carro. Faltará la mía, si río, será fácil adivinar que la música está en pause. Los choferes de los pisicorre se gritarán uno al otro: “Viva Fidel, pinga” y “Qué viva la Revolución”. Los asientos traseros serán un hervidero de carcajadas. El primer pasajero que se baje en Marazul, el mismo de la teoría de las tres clases de personas que viven bien en Cuba, pagará sus dos cuc en billetes de a uno, y le dirá al chofer que “gracias, compadre”, que vire por la tarde a recoger, “a dos cuc” y que de no ser por él, habría tenido que terminar poniendo su sombrilla de playa en el Malecón. Uno a uno cada pasajero abonará el precio pactado sin chistar. Yo soy la última. Saco una moneda y un billete. El chofer girará en La Conchita. Dos segundos después, lo sentiré gritar: “Habana, a dos cuc”. 

Written by Elaine Díaz

julio 17, 2016 at 6:46 pm

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Nota oficial

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Con gran preocupación nuestro país ha seguido la victoria de Donaldo Trompeta (Donald Trump, por sus siglas en inglés) en las primarias de Indiana. Bernie Sanders, el candidato demócrata, también se alzó con el triunfo. Sin embargo, mientras Sanders se sitúa cada día un paso más lejos de la Casa Blanca, Trompeta podría alzarse fácilmente con la nominación de un partido que, según fuentes no oficiales, cometería hasta suicidio político en su afán por la presidencia.

Teniendo en cuenta que el próximo inquilino de la Casa Blanca podría ser Trompeta, el gobierno de Cuba se ve forzado a adoptar una serie de medidas que garanticen una migración segura, legal y ordenada. Para ello, el departamento de Inmigración y Extranjería acordó:

1) Otorgar 20.000 visas anuales para ciudadanos americanos que deseen ingresar de manera permanente a la isla escapando del regimen de Trompeta.

2) Establecer una Ley de Ajuste para regularizar la situación migratoria de aquellos que permanezcan durante más de once meses en la isla. La misma incluirá beneficios como el pago del salario mínimo que asciende a 225 pesos durante seis meses, prorrogables por seis meses más, la asistencia en la búsqueda de empleo, sobre todo en los sectores de mayor déficit de mano de obra en Cuba: el corte de caña y el ordeño de ganado vacuno, el acceso gratuito a la educación y a la salud, y el otorgamiento de una carta de racionamiento alimenticio -o libreta- por cada núcleo familiar.

3) Aprobar mediante Decreto Ley una política de pies secos, pies mojados para aquellos ciudadanos americanos que dando muestras de valentía ingresen a la isla por vía marítima. Las embarcaciones no deben superar los seis metros de eslora y sus motores deberán ser anteriores a 1959.

Además de estas medidas, el gobierno cubano valorará la imposición de un bloqueo comercial, económico y financiero a Estados Unidos para asfixiar económicamente al gobierno Trompetista y forzar la renuncia del presidente y de sus seguidores políticos. El periodo de prueba de esta medida será de veinte años, prorrogables tres veces aún cuando no surtiera efecto.

Asimismo, el gobierno de Cuba prohibe a Estados Unidos el uso del CUP y del CUC en sus transacciones financieras. 

Tampoco podrá comprar ningún producto o tecnología que contenga más de diez por ciento de piezas o productos originales o ensamblados en nuestro país. Esto incluye el polloporpescado, la pasta de oca, el picadillo de soya, entre otros, que anteriormente se comercializaban a precios preferenciales para el mercado norteamericano.

Nuestro gobierno ratifica su apoyo incondicional al pueblo estadounidense. Trabajaremos en conjunto para fortalecer las voces de la sociedad civil independiente y el respeto a sus derechos humanos. 

Lamentamos los profundos trastornos que semejantes medidas puedan ocasionar a la población cubana, pero es nuestro deber permanecer junto a la patria de Lincoln y del hermano Obama en este difícil momento.

Ministerio de Relaciones Exteriores

Written by Elaine Díaz

mayo 4, 2016 at 9:40 pm

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Sí, duele

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Hay quienes piensan que no duele, y por eso -o por poco juiciosos- dejan caer la frase en los bares, en las conversaciones de esquina, en un parque, en cualquier sitio; aunque sospecho que nunca hubiera estado preparada para escucharlo en ningún espacio público o privado. “Ya no puedes dar clases en el Instituto Internacional de Periodismo”, “el capítulo de la tesis sobre Periodismo de Barrio fue censurado”, “lamentamos infinitamente no poder contar con usted para el panel” al que habías sido invitada una semana antes. 

Hay quienes, a falta de rebeldías propias, coquetean con las ajenas y disfrutan el costo político, personal, del atrevimiento del otro. Hay quienes creen que no dar clases en el Instituto Internacional de Periodismo, que salir de una tesis, que abandonar un panel, son medallas justas por el buen trabajo. En una esfera pública viciada, secuestrada hasta la médula, no estar dice tanto como estar. Pero la ausencia no es un trofeo a exhibir. Solo los pedantes y los estúpidos pueden lucir la ausencia como una victoria y no como lo que es, una derrota: al país, al diálogo, a lo que es justo. Habría que ser demasiado arrogante para no reconocer que dar clases te mantiene vivo, que ser estudiado en una tesis te pone frente a tus fallas como pocas cosas y que las conversaciones antes y después de los paneles -nunca durante- son pura vida.

Sucede que por ingenuidad o por poco sentido común la ausencia forzosa sigue doliendo. El dolor se mitiga con un buen reportaje, con alguna investigación, con la tarjeta Nauta de aquella periodista que te regala cinco horas en una suerte de discreto crowfunding criollo, sin tanta algarabía. Con cervezas Cristal. Con la música de Ray los jueves. Con los malos chistes que circulan por la red. Con un poco de “me gusta” en Facebook. Con los pocos o muchos clics que acumulará este post. Pero no desaparece. El dolor, cuando viene acompañado de lo injusto, no desaparece. Hay quienes se conforman. Hay quienes se acostumbran. Yo no.

Written by Elaine Díaz

marzo 14, 2016 at 10:10 am

Publicado en Sin categoría