La Polémica Digital

Espacio para debatir sobre Cuba

Habana – Guanabo

with 6 comments

Hay dos maneras de salir de casa: con audífonos o sin audífonos. Cuando uno anda por el mundo, audífonos mediante, es porque poco o nada quiere escuchar que no sea ese terrible playlist en el que no falta, para variar, Melendi con su acaramelado Jardín de Blancanieves (Tu jardín con enanitos) o el más movidito Estopa, con su “estoy como un vino tinto” (ellos explican dos versos después qué significa). Hay una tercera manera de salir de casa: con los audífonos al oído, y el botón de pause en tu teléfono. La señal es simple: quieres escuchar al mundo, pero no quieres que el mundo te note a ti. Y así llega uno el sábado en la mañana a la parada de los taxis hacia Guanabo. El día antes, el Consejo de la Administración Provincial (CAP) de La Habana había decretado el fin del jolgorio con los precios de los taxis colectivos. “Congeladlos”, dijeron, “y si alguien osara descongelarlos, retiradle la licencia”. Añadieron un número para actos espontáneos de denuncia y se fueron a dormir, no sin antes dejar un grupo de inspectores debidamente movilizado.

Dicen los del CAP que no habían motivos para subir los precios. Dicen los del CAP, que no mienten, pero tampoco cuentan toda la verdad, que los precios del petróleo y la gasolina seguían igualitos, dicen que los impuestos estaban en los mismos porcientos. Olvidan los del CAP, oportunamente, que los taxis de La Habana se mueven gracias a los precios del combustible en el mercado negro, y que si los precios habían subido, porque habían recortado las asignaciones en las empresas, porque había falta de portadores energéticos en el país, porque Venezuela no estaba mandando la misma cantidad a Cuba,  -cosas todas de las que nos enteramos por Murillo- entonces el negocio no daba. Podría darse el caso de que el sector privado en Cuba, tan socialista, asumiera las pérdidas. O podría darse el caso de que el sector privado en Cuba, como cualquier sector privado en otro lugar del planeta, hiciera lo que mejor sabe hacer: pasar las pérdidas al prójimo.

Este sábado, mientras más de treinta personas esperaban por los taxis de precios congelados, un pisicorre-amarillo-pollito (cambiémosle el color para no usurpar el trabajo de los inspectores) parqueó en la ruta de Guanabo. Dijo que dos cuc. El buquenque, tan obediente, le pidió que parqueara en otro sitio, que esa música desafinada no era buena para el negocio. El buquenque obediente gritó que había un carro a dos cuc, pero que no había que cogerlo, porque el precio oficial era un cuc El buquenque obediente no había terminado de largar su discurso cuando el pisicorre-amarillo-pollito estaba repleto de pasajeros. 

Dos cuc a Guanabo. Punto.

El chofer del pisicorre-amarillo-pollito tiene déficit de cuello, unas gafas Rayban, las manos toscas y una camiseta verde. El chofer dice un “atiendan para acá todos” y los pasajeros casi se ponen en firme en los asientos. Lo que sigue, es sublime, por ridículo. Lo que sigue es la subversión del poder, la complicidad entre pasajeros y chofer para desafiar a la institución que pretende proteger al pasajero. Lo que sigue es el chofer diciendo que “aquí todo el mundo está grandecito y que el carro es a dos cuc pero tienen que decir uno si nos para un inspector, porque lo que deberíamos hacer todos los choferes es parar los carros de toda La Habana a ver qué van a hacer ellos”. Uno adivina que ellos son el CAP, o alguien encima del CAP. Pero no se sabe con certeza.

Los pasajeros -a quienes había protegido la ley el día anterior- replican que tiene razón, que el que tenga los dos cuc que pague el carro, que lo que debería hacer el Estado es poner más guaguas y más transporte público en vez de andar congelando los precios de los almendrones. Entre los pasajeros hay dos que se quedan en Marazul. Uno dirá, a mitad del camino, que aquí solo viven bien tres grupos de personas: los locos, los borrachos y los dirigentes. El otro dirá que ha viajado, que tuvo la oportunidad de estar en Miami, y cuando le pregunten que qué hace en Cuba, responderá que le gusta su país, aunque los almendrones cobren dos cuc hasta Guanabo. El chofer le preguntará si es comunista y, sin esperar respuesta, le dirá que si es comunista debe pagar 5 CUC en vez de dos.

A las alturas de Alamar otro pisicorre-verde-fosforescente se cruzará con el nuestro y en tono de sorna gritará: “Guanabo a dos”. El chofer con déficit de cuello responderá de vuelta: “¿Tú estás doco? Guanabo a un cuc”. Las carcajadas inundarán el carro. Faltará la mía, si río, será fácil adivinar que la música está en pause. Los choferes de los pisicorre se gritarán uno al otro: “Viva Fidel, pinga” y “Qué viva la Revolución”. Los asientos traseros serán un hervidero de carcajadas. El primer pasajero que se baje en Marazul, el mismo de la teoría de las tres clases de personas que viven bien en Cuba, pagará sus dos cuc en billetes de a uno, y le dirá al chofer que “gracias, compadre”, que vire por la tarde a recoger, “a dos cuc” y que de no ser por él, habría tenido que terminar poniendo su sombrilla de playa en el Malecón. Uno a uno cada pasajero abonará el precio pactado sin chistar. Yo soy la última. Saco una moneda y un billete. El chofer girará en La Conchita. Dos segundos después, lo sentiré gritar: “Habana, a dos cuc”. 

Written by Elaine Díaz

julio 17, 2016 at 6:46 pm

Publicado en Crónicas, Sin categoría

Nota oficial

with 8 comments

Con gran preocupación nuestro país ha seguido la victoria de Donaldo Trompeta (Donald Trump, por sus siglas en inglés) en las primarias de Indiana. Bernie Sanders, el candidato demócrata, también se alzó con el triunfo. Sin embargo, mientras Sanders se sitúa cada día un paso más lejos de la Casa Blanca, Trompeta podría alzarse fácilmente con la nominación de un partido que, según fuentes no oficiales, cometería hasta suicidio político en su afán por la presidencia.

Teniendo en cuenta que el próximo inquilino de la Casa Blanca podría ser Trompeta, el gobierno de Cuba se ve forzado a adoptar una serie de medidas que garanticen una migración segura, legal y ordenada. Para ello, el departamento de Inmigración y Extranjería acordó:

1) Otorgar 20.000 visas anuales para ciudadanos americanos que deseen ingresar de manera permanente a la isla escapando del regimen de Trompeta.

2) Establecer una Ley de Ajuste para regularizar la situación migratoria de aquellos que permanezcan durante más de once meses en la isla. La misma incluirá beneficios como el pago del salario mínimo que asciende a 225 pesos durante seis meses, prorrogables por seis meses más, la asistencia en la búsqueda de empleo, sobre todo en los sectores de mayor déficit de mano de obra en Cuba: el corte de caña y el ordeño de ganado vacuno, el acceso gratuito a la educación y a la salud, y el otorgamiento de una carta de racionamiento alimenticio -o libreta- por cada núcleo familiar.

3) Aprobar mediante Decreto Ley una política de pies secos, pies mojados para aquellos ciudadanos americanos que dando muestras de valentía ingresen a la isla por vía marítima. Las embarcaciones no deben superar los seis metros de eslora y sus motores deberán ser anteriores a 1959.

Además de estas medidas, el gobierno cubano valorará la imposición de un bloqueo comercial, económico y financiero a Estados Unidos para asfixiar económicamente al gobierno Trompetista y forzar la renuncia del presidente y de sus seguidores políticos. El periodo de prueba de esta medida será de veinte años, prorrogables tres veces aún cuando no surtiera efecto.

Asimismo, el gobierno de Cuba prohibe a Estados Unidos el uso del CUP y del CUC en sus transacciones financieras. 

Tampoco podrá comprar ningún producto o tecnología que contenga más de diez por ciento de piezas o productos originales o ensamblados en nuestro país. Esto incluye el polloporpescado, la pasta de oca, el picadillo de soya, entre otros, que anteriormente se comercializaban a precios preferenciales para el mercado norteamericano.

Nuestro gobierno ratifica su apoyo incondicional al pueblo estadounidense. Trabajaremos en conjunto para fortalecer las voces de la sociedad civil independiente y el respeto a sus derechos humanos. 

Lamentamos los profundos trastornos que semejantes medidas puedan ocasionar a la población cubana, pero es nuestro deber permanecer junto a la patria de Lincoln y del hermano Obama en este difícil momento.

Ministerio de Relaciones Exteriores

Written by Elaine Díaz

mayo 4, 2016 at 9:40 pm

Publicado en Política

Sí, duele

with 18 comments

Hay quienes piensan que no duele, y por eso -o por poco juiciosos- dejan caer la frase en los bares, en las conversaciones de esquina, en un parque, en cualquier sitio; aunque sospecho que nunca hubiera estado preparada para escucharlo en ningún espacio público o privado. “Ya no puedes dar clases en el Instituto Internacional de Periodismo”, “el capítulo de la tesis sobre Periodismo de Barrio fue censurado”, “lamentamos infinitamente no poder contar con usted para el panel” al que habías sido invitada una semana antes. 

Hay quienes, a falta de rebeldías propias, coquetean con las ajenas y disfrutan el costo político, personal, del atrevimiento del otro. Hay quienes creen que no dar clases en el Instituto Internacional de Periodismo, que salir de una tesis, que abandonar un panel, son medallas justas por el buen trabajo. En una esfera pública viciada, secuestrada hasta la médula, no estar dice tanto como estar. Pero la ausencia no es un trofeo a exhibir. Solo los pedantes y los estúpidos pueden lucir la ausencia como una victoria y no como lo que es, una derrota: al país, al diálogo, a lo que es justo. Habría que ser demasiado arrogante para no reconocer que dar clases te mantiene vivo, que ser estudiado en una tesis te pone frente a tus fallas como pocas cosas y que las conversaciones antes y después de los paneles -nunca durante- son pura vida.

Sucede que por ingenuidad o por poco sentido común la ausencia forzosa sigue doliendo. El dolor se mitiga con un buen reportaje, con alguna investigación, con la tarjeta Nauta de aquella periodista que te regala cinco horas en una suerte de discreto crowfunding criollo, sin tanta algarabía. Con cervezas Cristal. Con la música de Ray los jueves. Con los malos chistes que circulan por la red. Con un poco de “me gusta” en Facebook. Con los pocos o muchos clics que acumulará este post. Pero no desaparece. El dolor, cuando viene acompañado de lo injusto, no desaparece. Hay quienes se conforman. Hay quienes se acostumbran. Yo no.

Written by Elaine Díaz

marzo 14, 2016 at 10:10 am

Publicado en Sin categoría

Ahora que ya no se escriben cartas

with 6 comments

y casi nadie usa estampitas pegadas con saliva, ni se anotan las direcciones del remitente en la esquina superior izquierda, y del destinatario en la inferior derecha; ahora que ya casi nadie usa lápiz y que los zurdos no se embarran la palma de la mano de grafito de tanto pasarle por encima a las letras –privilegio de limpieza para el derecho-; ahora que lo que queda es email y gmail y hotmail –y a veces Nauta-, la gente escribe lo primero que le viene a la cabeza.

Lo peor es que no se leen en alta voz.

Lo peor es que no se percatan de lo horrible que suenan sus pensamientos. La democratización de la comunicación ha supuesto la reducción del tiempo que uno se tomaba para hilvanar sílabas. Cuando los pensamientos iban muy rápido, a 362 golpes de máquina por segundo, la mano detenía la incontinencia. Se limpiaba entonces mucha hojarasca.

Entre ese marasmo de hojarasca e incontinencia; en ese libre flujo de ideas electrónicas me llega la más absurda de todas. En tono imperativo, además. “O me dejas leer el texto que acompañará mis fotos, o no las publiques”. Yo he visto malcriadeces periodísticas. He visto impertinencias. He visto gente luchar a brazo partido por una coma. Pero semejante oración me era ajena hasta entonces. Porque esa oración, en el contexto cubano, no sintetizaba pedantería, autosuficiencia, vanidad. Esa oración, en el contexto cubano, era el resultado de un ajiaco mal digerido de miedo.

Y yo sabía que era miedo a lo obvio. Miedo a las represalias. Un miedo que, bien visto, es compartido por muchos. Está bien tener miedo. Está bien, además, reconocerlo. Está mal, eso sí, que te paralice. Que te paralice las ganas. Que te paralice el cerebro. Que te paralice el sentido de lo que es justo. Que te paralice la pluma. Que paralice el obturador de tu cámara. Porque tus ganas, tu cerebro, tu sentido de lo que es justo, tu pluma y el obturador de tu cámara no son propiedad individual, sino social. No porque lo imponga el manual encartonado de algún ismo, sino porque allá afuera hay gente que cuenta con ello. Hay gente que cuenta con tus fotos y con mis textos para saber.

Pero algunos le temen a que otros sepan. Algunos temen que el dominio de la palabra pública y publicada –juntas- escapen del control del gobierno y de las oenegés permitidas que habitan este país. Los nuevos medios son acogidos con un recelo enquistado durante más de cincuenta años, un recelo que se expresa en falsas acusaciones, en descalificaciones, en cualquier suerte de discurso facilista que ayude a demeritar el trabajo de otro; aunque ese trabajo se resuma en quince reportajes y tres editoriales. Hay que ver qué clase de gente puede temerle a quince reportajes y tres editoriales. Hay que ver qué clase de país puede temerle a quince reportajes y tres editoriales.

Sucede que el miedo no es, obviamente, a los quince reportajes y a los tres editoriales. El miedo es a una evolución en la forma en que vemos el funcionamiento de los medios de comunicación masiva en la Cuba de 2015. El miedo viene por el cuestionamiento latente en esos quince reportajes y tres editoriales. ¿Por qué no pueden existir medios no estatales en la isla? Una suerte de cuentapropismo criollo periodístico –cooperativas, ahora que están de moda– que se rija por normas y leyes y códigos de ética discutidos y no impuestos. Un escenario donde coexistan armónicamente aquellos que surgen de iniciativas gubernamentales, partidistas, de las oenegés permitidas o de la ciudadanía.

Claro que es más fácil liberar la tenencia de restaurantes que de periódicos. Es preferible compartir la calle 23 entre kioscos y paladares estatales y privados que las estanterías donde se pudren de viejos algunos ejemplares de revistas o los tabloides de Universidad para Todos. Todavía hay quien piensa que no hay ideología en la pizza. Hay más ideología en una pizza cuatro quesos del Habana Mediterráneo, con su chef italiano, que en la portada de Granma de hoy. Pero la ideología de la pizza asusta menos.

Ahora que ya no se escriben cartas hay, por suerte, quienes usan el teléfono. Y te marcan descaradamente con asterisco 99. A veces cuesta retener las palabras del otro lado de la línea. Una voz grita que no puede aguantar hasta llegar a casa porque encontró una historia buenamuybuena, que hay que investigarla, que hay que escribirla, que hay que publicarla. Y que hay que pagarla, también. Debemos perder el miedo a pagar y cobrar por la palabra; tal y como el chef del Habana Mediterráneo perdió el miedo a pedir 9 CUC por su pizza cuatro quesos. La satanización del pago trae consigo, implícitamente, un profundo desprecio por el trabajo.

Intuyo que faltan por recibir muchos correos resultado de miedos sembrados por otros que tienen más miedo aún, pero ya ni saben exactamente a qué o a quién. Intuyo también que faltan muchas llamadas de gente que encuentra historias buenasmuybuenas que hay que contar.

Un día, serán más los segundos.

Written by Elaine Díaz

febrero 1, 2016 at 6:04 pm

Publicado en Periodismo

The Chapman Filter

with 11 comments

Great American Ball Park

Great American Ball Park

Este no es un post sobre baseball. ¿Qué sé yo de baseball? No porque sea mujer – pobres de aquellos hombres que creen que las mujeres no pueden entender de pelota -, sino porque renuncié a ir al Latino desde que tenía 17 años. Justo después de aquel juego Industriales – Pinar del Río (2002) en que – durante el noveno inning y unos minutos antes de la conga, porque Industriales estaba ganando – Lazo dio un jonrón y perdimos – y este plural es de pertenencia-. No recuerdo los detalles. Han pasado más de 10 años. Qué voy a recordar yo. Lo único que sé es que dejé de ir al Latino. Y cerré mi historia con el baseball.

Pero luego me fui a Washington, a un evento académico, y me llevaron al Nationals Park a ver un juego, con aquellas luces que me encandilaban lo que no habían conseguido los malls. En el séptimo inning, el estadio entero se levantaba a cantar Take me out to the ball game, esa canción que escribiera Norworth en 1908…

♪ Take me out to the ball game / Take me out with the crowd / Buy me some peanuts and cracker jack / I don’t care if I never get back ♫

Uno la podía seguir porque el estadio se travestía en un gigantesco karaoke y el momento de máxima lujuria llegaba tras aquel ♪ For it’s one, two, three strikes, you’re out, At the old ball game ♫. El one, two, three debía llegar hasta la mismísima 1600 Pennsylvania Avenue NW.

Y le sumé, al turismo de bibliotecas y universidades, los estadios. Cuando me mudé a Cambridge, Massachussets, me agencié una invitación de mi landlord a Fenway Park. Nunca supe cómo Jim consiguió de un día para otro aquellos asientos en la fila tres, desde donde se veía clarísimo el Green Monster, apodo popular para la pared de 11.33 metros de altura del jardín izquierdo.

Céspedes jugaba con los Red Sox por entonces, y no pude evitar la mezcla de provincianismo y añoranza tras escuchar a Gente de Zona y aquellas oraciones de “El Animal” que identificaban al pelotero. O los celos por la gritería que se armaba cuando salía a batear David Ortiz. Big Papy, big papy, big papy, gritaban los fanáticos descompuestos. De Fenway me llevé un Céspedes que se ponchó en cada ocasión – como para seguir el maleficio de 2002 en el Latino – y aquel Sweet Caroline que solo se cantaba en ese estadio hasta que ocurrió lo de las bombas en la maratón de Boston, y se cantó entonces en otros sitios, y en otras maratones, en solidaridad con la ciudad.

♪ Sweet Caroline / Good times never seemed so good / Sweet Caroline / I believe they never could ♫

Tras varias semanas de desayunos, almuerzos y cenas de trabajo, de clases y conferencias en cuatro universidades de Ohio el pasado septiembre, llegué a Kentucky. No Kentucky, Kentucky, sino la parte que está al otro lado del puente de Cincinatti. Alguien me había pedido una foto del Great American Ball Park y yo dije que no, que no pasaba por allí, que en el midwest todo era lejísimo, y que yo estaría en Kentucky, no en Cincinatti.

Aquella noche terminé en un hotel en Newport, justo frente al Ohio river. Y vi de nuevo las luces que encandilaban desde la ventana y pensé que quizás, quién sabe, ese podía ser el estadio. Busqué en Google, comparé la disposición de las torres – dos y dos – y allí estaba el Great American Ball Park.

La pregunta más socorrida aquella semana de conferencias fue si alguna vez se le permitiría a los peloteros cubanos jugar en Grandes Ligas sin tener que abandonar el país. Y yo quería responder que había roto con el baseball desde 2002, pero sonaba grosero, así que preferí encogerme de hombros, declararme neófita en el tema y rezar un “ojalá”. A lo que ellos respondían con un “We have got Chapman”. Y yo replicaba “I rather prefer Céspedes”.  Solo porque nació el mismo día, el mismo mes, el mismo año que yo. Y porque lo sentía cerca aquellos diez meses de Boston, que era lo mismo que tener cerca a Cuba.

Hoy alguien me enseña un sitio web que yo nunca habría buscado. Tiene las estadísticas de la MLB. En la categoría de pitchers más rápidos, durante la temporada regular, el único nombre que aparece es Aroldis Chapman. Tanto es el aguaje deportivo del muchachito de Holguín que tuvieron que implementar un “Chapman filter”. Si lo activas, se elimina el nombre del cubano y entonces puedes ver a otros jugadores. Ya les decía, este post no es de baseball, sino apenas otro ataque de deslumbramiento tecnológico.

Chapman Filter

Chapman Filter

Written by Elaine Díaz

octubre 16, 2015 at 12:39 am

Publicado en Sin categoría

Tagged with

Periodismo de Barrio ya se hizo (y es hermoso)

with 21 comments

Así nos recibieron en Pueblo Nuevo, Centro Habana

Así nos recibieron en Pueblo Nuevo, Centro Habana

Correo electrónico enviado a los suscriptores de Periodismo de Barrio

Amigos y amigas…

Ustedes que están del otro lado del correo electrónico y han sumados sus direcciones voluntariamente para tener las primicias sobre Periodismo de Barrio, ustedes que ni siquiera se conocen entre sí pero no han dejado de creer, ustedes que probablemente se hayan vestido de blanco en 2009, durante aquellos días del concierto Paz sin Fronteras, cuando parecía imposible que Juanes y Olga Tañón se le unieran a los Van Van en La Habana y gritaron junto al maestro Formell aquel “ya se hizooooo, duélale a quien le duela”… Para ustedes es este primer correo electrónico de una nueva organización periodística sin fines de lucro enfocada en las historias de las comunidades afectadas por desastres naturales o aquellas que, por su localización, son vulnerables al impacto de fenómenos naturales como huracanes, inundaciones, sequías, fuegos, deslizamientos de tierra, u otros ocasionados por la incidencia del hombre.

Periodismo de Barrio, como Paz sin Fronteras, ya se hizo. No sin tropiezos. No sin malos ratos. Pero se hizo. Y el número cero, que saldrá el próximo domingo – debo decirles – es hermoso. El primero de agosto de este año, cinco jóvenes periodistas nos lanzamos a recorrer los principales municipios afectados por las inundaciones súbitas del pasado 29 de abril. Llegamos hasta Centro Habana, Cerro, La Habana Vieja y 10 de Octubre. Tocamos las puertas de las casas una y otra vez y nos recibió gente sencilla, de bien, gente que te da guayabas y agua fría y refresco de pipa gaseado. Recorrimos los barrios de la mano de los gobiernos locales, cogimos la ruta 26 en el Hospital Naval y nos sentamos a escuchar a quienes predicen el clima en Casablanca. Nos pasamos una tarde con el comando de Rescate y Salvamento que alejó tantas muertes ese día. E hicimos periodismo. Ese periodismo cuya vocación está profundamente vinculada con el servicio público.

Algunos nos negaron entrevistas. Otros desconfiaron de nuestras intenciones. Pero para todo ello estábamos preparados. La desconfianza nos hizo más fuertes. Nadie debe confiar en otro sin ver el resultado de su trabajo antes. Y eso es lo que queremos mostrarles el 18 de octubre. Nuestro primer número se basa en el acto de fe de aquellos que quisieron ser los primeros en arriesgarse, de esos que tenían tanto que decir que prefirieron hablar a permanecer callados.

Tiene cinco reportajes larguísimos, reposados, porque hacemos periodismo lento, y entrevistamos a las mismas personas una y otra vez, y verificamos cada dato, y contrastamos cada fuente y somos poca gente y tenemos pocos recursos. Periodismo de Barrio no se lee en un día. Guárdenlo en su navegador. Abran cada semana un reportaje, descubran junto a nosotros esa Cuba que no se ve en Facebook, ni en Twitter, una Cuba que no es noticia de último momento. Y no dejen de enviarnos su opinión. 

Tiene, también, un perfil de un delegado a la Asamblea Municipal del Poder Popular. De un hombre de bien. De un hombre con un bote rojo sin remos que entra a un barrio insalubre a salvar gente. Alguien que nos monta en su moto con sidecar y nos lleva a San Felipe y a quienes sus vecinos respetan. Tiene imágenes dolorosas, porque a seis meses de las lluvias, hay quienes siguen durmiendo en los esqueletos de sus colchones en el piso, e imágenes desde la esperanza, porque a seis meses de las lluvias hay barrios que han sabido gestionar soluciones. Tiene un editorial que dice quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos.

Y no tiene ni un centavo que no sea del dinero que ahorré yo, Elaine Díaz, durante mi estancia como becaria en la Nieman Foundation for Journalism de la Universidad de Harvard. Hay quienes usan sus dineros para comprarse casas, o carros, o ropa, o zapatos, o comida. Hay quienes lo usan para viajar. Hay quienes compran sexo. Hay quienes compran ideologías. Y hay quienes se deshacen de él. Porque el dinero, seamos honestos, corrompe. Quien nada ha tenido, nada pierde. Yo tuve mucho, tuve a mi familia, y tuve Campo Florido, y tuve una finca que me salvó de pasar hambre en los ´90 – durante el periodo especial. Sé sembrar tomates y vender mamoncillos en la playa con la misma impertinencia con la que escribo.

Si mañana Periodismo de Barrio no pudiera seguir por causas ajenas a nuestra voluntad – como un cataclismo climático – si no hubiera un número uno que alumbrara ese número cero que saldrá el domingo, aún así habría valido la pena cada segundo de estos dos meses. Por Mónica, por Julio, por Geisy y por Tomás – que son los nombres que verán una y otra vez firmando los trabajos. Deben memorizarlos, porque no todos los días se encuentran periodistas con almas tan limpias y vocación tan clara. Pero, sobre todo, habría valido la pena por todos esos que nos miraron con los ojos bien abiertos porque nunca antes habían sido escuchados, por todos los que nos tendieron la mano, por todos los que creyeron y creen que hacer algo diferente en Cuba, hoy, no solo es posible, sino necesario…

“Cuando llueve todo sea moja, dice un refrán, pero aún más los pobres”, así comienza Lemebel una crónica sobre las inundaciones en Chile y así empieza Periodismo de Barrio.

Suscríbete aquí

Written by Elaine Díaz

octubre 13, 2015 at 4:46 pm

Publicado en Periodismo de barrio

Yellow Springs

with 5 comments

Yellow Spring

Quédense las grandes ciudades. Los rascacielos. Las luces. Los grandes comercios. La bulla. El ruido. Las hordas de gente cruzando las avenidas en una coreografía de pasos agitados. Quédense también los grandes cines y el metro, la algarabía y el hacinamiento, los apartamentos. Pero déjenme los pueblitos. Déjenme perderme en Yellow Springs por unas horas. No hablen, no taladren mi oído con el sonido de sus voces, no me pregunten si me gusta, si quiero comer, si me quiero ir. Ignórenme. Olvídenme en un comercio local, donde solo caben cinco personas a la vez, déjenme sentir el olor del jabón hecho a mano y de los inciensos de canela. Déjenme tocar la tela de los vestidos locales y leer los carteles de los pullovers diseñados por los artistas hippies. No me pidan que filme al artista callejero, que profane su música con un burdo iPhone 5S, ni sugieran que le tire monedas, como quien lanza limosnas. No me pregunten por qué vibro con una libreta hecha a mano de papel reciclado, o por qué colecciono las velas de apple cider, o qué hay detrás del collar del búho. No me interrumpan cuando me quedo frente a la única taberna del pueblo, al único banco, al único parque, a la única barbería, a la única gasolinera… y los miro con cierta curiosidad infantil. No me pidan que explique por qué la cerveza Dunkel y no la Miller, ni qué me atrae de un cine hecho para 80 personas, o por qué me enredo en los pasillos de las tiendas asiáticas.

Ténganme paciencia.

Written by Elaine Díaz

septiembre 26, 2015 at 7:18 pm

Publicado en Sin categoría

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 417 seguidores